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Vuelve Sherlock Holmes »

01/03/2010
Conan_doyle

Sir Arthur Conan Doyle

El gran clásico. Sherlock Holmes. Pese a Arthur Conan Doyle, su creador. Primero lo inventó, luego le cogió manía. Lo mató. Lo resucitó. Nunca volvió ya a abandonarlo. Escribió cuatro novelas y 56 relatos cortos de su inmortal personaje, pero nunca se rindió a lo evidente: la historia de la Literatura le recordaría como el autor del inquilino del 221b de Baker Street. Médico oftalmólogo, aventurero ocasional y espiritualista convencido, Sir Arthur preferiría haber sido Walter Scott y pasar a la historia por escribir Ivanhoe. Pero su destino era otro: ser uno de los escritores más populares de todos los tiempos. El inventor de William Sherlock Scott Holmes, más conocido (pese al Scott nada casual) como Sherlock Holmes, creado bajo la inspiración del Auguste Dupin de Edgar Allan Poe y del doctor Joseph Bell (famoso en Edimburgo por su ojo clínico y por su increíble capacidad analítica, aunque Conan Doyle le dio a Watson los conocimientos médicos de Bell). Y, desde entonces, Holmes es el gran paradigma que recrearon otros insignes investigadores, como el Hércules Poirot, de Agatha Christie, e incluso contemporáneos, como el doctor Gregory House, una evidente reencarnación de Sherlock Holmes, del que hereda su extraordinaria capacidad analítica, su vida libérrima e incluso su afición a las drogas.
El carismático y legendario detective nació en 1887 en Estudio en escarlata, novela comenzada a publicar en la revista Beeton’s Christmas Annual en torno a un crimen cometido en Londres y cuya trama se relaciona con la secta mormona y el estado de Utah, y murió precipitadamente en el último de los doce relatos de Las memorias de Sherlock Holmes. Era 1894. Antes ya había dado pie a una segunda novela: El signo de los cuatro (1890), en donde Holmes inaugura la novela revelando a Watson que “mi mente se rebela frente al ocio. Deme problemas, deme trabajo, deme el más complicado de los criptogramas, o el análisis más intrincado, y me sentiré en mi atmósfera natural. Entonces puedo pasármela sin estimulantes artificiales. Pero aborrezco la rutina monótona de la existencia. Tengo hambre de exaltación mental. Por eso he escogido esta profesión particular… o más bien, la he creado… porque soy el único en el mundo que la practica”.
“¿El único detective que no pertenece a la policía?”, le pregunta Watson.
“El único detective que no sólo no pertenece a la policía sino que además es detective consultor –responde–. Yo soy la última y más alta corte de apelaciones en la materia. Cuando Gregson, o Lestrade, o Athelney fracasan, lo cual, dicho sea de paso, les sucede casi siempre, me someten el asunto a mí. Entonces yo, en mi calidad de perito, examino los datos, y emito mi opinión de especialista, sin siquiera pedir que se reconozca mi intervención en el asunto; mi nombre no figura en ningún periódico. La obra en sí misma, el placer de encontrar un terreno propicio donde ejercitar mis facultades, constituyen mi mayor premio; usted me ha visto operar en el caso de Jefferson Hope”.
Pero Doyle ya había decidido ponerle fin a ese Holmes, excéntrico fumador de opio, bohemio y polifacético, con toda su lógica implacable. Primero se lo confesó a su madre, doña Mary Foley, que quedó horrorizada. Pero no dudó: debía ser como Walter Scott, y lo arrojó, trabado con el maligno profesor Moriarty, por las cataratas de Reichenbach en el relato El problema final, para poder seguir escribiendo otro tipo de libros: novela de ciencia ficción, histórica, de terror. Lo hizo, pero ninguno de sus otros personajes, ni el profesor Challenger de El mundo perdido ni el brigadier Gérard, valeroso y fanfarrón oficial de húsares, ha sobrevivido a Holmes. “Las cascadas del Reichenbach, lugar admirable y terrible, me parecieron una tumba digna para el pobre Sherlock”, confesó en sus memorias. Erró. 20.000 suscriptores se dieron de baja de la revista The Strand Magazine, que había continuado publicando los relatos. Muchas más cartas llegaron protestando. Pero ya estaba hecho: Doyle era ya un asesino.
Nunca pudo prever que Holmes cautivara de ese modo, ni mucho menos que casi 125 años después fuera el personaje de ficción más leído y revisitado en la literatura, el teatro y el cine. Seguramente, gran parte de su misterio está en su respuesta a la pregunta de un Watson incrédulo y sensato. “De modo que usted, sin salir de su habitación, es capaz de aclarar situaciones que otros son incapaces de explicarse, a pesar de que han visto por sí mismos todos los detalles”, le pregunta. Responde Sherlock Holmes: “Así es. Poseo una especie de intuición en ese sentido. De cuando en cuando se presenta un caso de mayor complejidad. Cuando eso ocurre, tengo que moverme para ver las cosas con mis propios ojos. La verdad es que tengo una cantidad de conocimientos especiales que aplico al problema en cuestión, lo que facilita de un modo asombroso las cosas. Las reglas para la deducción me resultan de un valor inapreciable en mi labor práctica. La facultad de observar constituye en mí una segunda naturaleza […]. Soy un cerebro, Watson. El resto es un mero apéndice”.
Holmes es también huraño, presumido, vanidoso, poco amante de su cuidado personal, nada sociable, hábil con el disfraz, fumador empedernido, nada madrugador, austero, buen tirador y velocista, fuerte y, en fin, aficionado a temas tan dispersos -sobre los que escribe- como los tatuajes, las abejas y los motetes polifónicos.
La leyenda de sir Richard Cabell, que vendió el alma a Satanás y fue arrastrado al infierno por una jauría, cautivó de tal modo a Doyle que, pese a que la reescribió una y otra vez, comprobó que tan sólo funcionaría si rescataba a Holmes, y así lo hizo. En lugar de resucitarlo, situó la historia de los Baskerville unos años antes de su muerte. Pero, renovado el éxito, tuvo que devolverle la vida ya en 1903, en La aventura de la casa vacía y en las nuevas entregas de relatos que retomaría en The Strand Magazine, y así continuó año a año, hasta que doce años después, en 1915, da cuerpo a otra nueva novela, también por entregas: El valle del miedo, en donde reaparece también el avieso Moriarty, título considerado como precedente de la novela negra contemporánea y en el que se inspiró Dashiell Hammett para su Cosecha roja.
En las cuatro novelas de Holmes (que ahora podemos encontrar de nuevo en las librerías gracias a una nueva edición en bolsillo) están depositadas la maestría de Doyle, sus amplios conocimientos médicos, tan adelantados a su tiempo, dando incluso a Sherlock Holmes una forma leve de autismo que suele denominarse síndrome de Asperger, no descrito hasta cuarenta años después, en 1944. Y que explica algunas de sus capacidades. Un elemento más de un personaje que ha conquistado el mundo para transformarse en el personaje literario más famoso de todos los tiempos, llevado al cine en más de 200 películas y recreado por autores de todas las épocas.

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