Pulp Fiction (I)
En América tuvieron que coincidir diversas circunstancias adversas para que el género detectivesco viviera su momento más próspero, tanto en términos de productividad como de respuesta masiva del público. Para empezar, el país entró en esa barrena económica conocida como Gran Depresión. Se imponía pues el escapismo, historias como mínimo para no pensar y, con algo de suerte, soñar. Prendía esa máxima de Billy Wilder “en tiempos felices, escribe tragedias, en tiempos tristes, comedias”. A esto le siguió una Prohibición que catapultó el crimen organizado y el gangsterismo. Forajidos como Bonnie & Clyde, John Dillinger, Babyface Nelson o Machine Gun Kelly se trasformaban en celebridades.
Los editores de revistas populares se aprovecharon de la debacle financiera para pagar una miseria a sus creadores de historias (a medio centavo la palabra en muchos casos) o directamente no abonarles sus servicios, demostrando una ruindad moral a la par que la de los malos que las protagonizaban. En cuanto a los lectores de esas mismas publicaciones, se menospreció su criterio o se pensó que, pobres como ratas, no estaban como para exigir productos de primera calidad, bastaba con trasportarlos a escenarios excitantes, aunque lo que ocurriera luego ahí careciera de músculo. Hablamos, claro está, de la época dorada de las revistas pulp, que abarca desde finales de los 20 hasta mediados de los 40, cuando semanalmente los quioscos quedaban sepultados de cuentos de aventuras, terror, ciencia ficción, western y crímenes. De estos últimos la imaginación facturaba tan en cadena que se decía que, de haber tenido una correspondencia exacta en la realidad, las morgues de cada rincón de las barras y estrellas habrían trabajado a pleno rendimiento, convirtiéndose en el negocio más lucrativo con aplastante diferencia.
Si bien hoy en día una portada chillona, bien con una ilustración de impacto o una fotografía sugerente, sigue constituyendo un anzuelo especialmente determinante en el sector de las novelas detectivescas, en el caso de las revistas pulp se erigía en su principal argumento de venta. Que la forma eclipsaba el contenido no sólo quedaba claro en el estatus de estrella del dibujante, el cual siempre cobraba (y mejor) a diferencia del redactor, sino en el desigual reparto de los gastos de impresión: la portada a cuatro colores se comía el presupuesto, de aquí que las palabras se imprimieran en un papel de un gramaje tan basto que casi hacía daño a la vista. El producto debía entrar por los ojos para luego atentar contra ellos.
Aunque algunos de los más grandes del género negro como Chandler, Hammett o Jim Thompson colaboraron en revistas pulp, no han perdurado en la memoria colectiva los millares de relatos que acogieron. Las portadas, sin embargo, con su galería de tipos armados acechando en la sombra, mujeres acorraladas gritando o ajenas al peligro hablando por teléfono o tras una cortina de ducha, fiambres tirados en un callejón oscuro… constituyen piezas de coleccionista y se recogen en antologías como la fantástica True Crime: Detective Magazines 1924-1969 (Taschen), en cuya portada precisamente nos saluda una mujer fatal de ojos afilados, pitillo emisor de una sinuosa voluta y amplio diámetro pectoral prometiéndonos “Pecado. Escándalo. Sexo. Muerte”. ¿Quién te podía dar más por 10 centavos?







(Barcelona, 1974). Es licenciado en Ciencias de la Información por la Universitat Autònoma de Barcelona. Cursó un doctorado en Literatura Comparada en la Universitat Pompeu Fabra y realizó prácticas en la revista "Quimera" y en el diario "La Vanguardia". Desde 1997 fue responsable de secciones de la revista "Qué Leer", donde además realiza entrevistas, escribe reportajes y ejerce la crítica literaria. Tiene un apartado de recomendaciones literarias en el Magazine de La Vanguardia y colabora con el suplemento "Cultura/s". Asimismo, es autor de diversos libros infantiles.

