Prólogo de ‘Asesinato en el Savoy’ por Arne Dahl
PRÓLOGO DE ARNE DAHL
Es raro que una tradición literaria tenga unos auténticos padres. Y aún más raro que los tenga todo un género. Pero, la verdad, esto es precisamente lo que ocurre con el principal género sueco dentro de la novela negra: la novela policíaca de crítica social. Con anterioridad a Maj Sjöwall y Per Wahlöö, la novela criminal sueca era de un cariz completamente distinto. Con ellos desapareció irremisiblemente toda la ingenuidad propia de la clásica novela de misterio.
Casi todos los suecos que se dedican a escribir novelas policíacas han sido declarados, en alguna ocasión, sucesores de Sjöwall y Wahlöö. A mí me ha ocurrido con un poco más de frecuencia que a los demás. Y la verdad es que no he protestado. Cuando me preguntan por mis modelos, mi respuesta habitual ha sido siempre: «Sjöwall y Wahlöö». Pues, es la verdad, simplemente. Y eso a pesar de que, en lo que a mi vida atañe, no soy muy dado a aceptar modelos, sino todo lo contrario: prefiero seguir mi propio camino, con todas las consecuencias. Siempre es mejor que impostar la voz de otro.
De los autores de novela negra se espera que digan que no leen novela negra. Me permito el lujo de colmar las expectativas: cuando hice mis primeras y vacilantes incursiones como escritor de este género, hace ya más de una década, podía afirmar, sin faltar un ápice a la verdad, que no leía novela negra.
Pero no siempre fue así. Diría, incluso, que todo lo contrario. Mis lecturas de juventud fueron, en un grado tan alto que rayaba el absurdo, libros de suspense: aventuras de las de morderse las uñas, libros de acción, novelas de misterio, thrillers de espías —lo que fuera. Simplemente, leía cualquier cosa que tuviera que ver con el suspense.
Cabe preguntarse en qué momento es más receptiva la mente juvenil, a qué edad y en qué estado mental quedan grabadas las huellas más profundas. Los quince es un fuerte candidato. Es una de las edades más maníaco-depresivas. Por un lado, la vida es una sucesión casi ininterrumpida de sufrimientos. Por el otro, es entonces cuando comenzamos a darnos cuenta, lentamente, de quiénes somos y de las oportunidades que la vida, pese a todo, puede ofrecer.
Sjöwall y Wahlöö irrumpieron en mi vida justo cuando había dicho adiós a toda esa literatura infantil de suspense. Aparecieron en un momento en que yo estaba listo para experiencias literarias de un género bien distinto (o mejor dicho: más que listo, listillo). Y su aparición no sólo venía a ser una síntesis de las diferentes tradiciones de la literatura de suspense de las que me había embebido hasta ese momento, sino que además añadía dos elementos que había echado en falta en toda esa literatura: sentido del humor y una visión crítica de la política contemporánea.
Y lo que es más: una prosa muy pero que muy trabajada, con un lenguaje rico en matices y meticulosamente cincelado.
Resulta arriesgado repetir una experiencia lectora que, en su momento, fue decisiva. La decepción suele ser la regla. El alivio, la excepción. Pero al releer los diez títulos de la serie «Novela sobre un crimen» no experimento decepción alguna, tal vez sólo una cierta sorpresa ante sus pequeñas dimensiones, la relativa sencillez de las tramas y quizá también ante la irreconciliable y esquinada acritud con que Martin Beck manifiesta su tedio frente a la vida. Pero, aun así, lo que siento es alivio. Alivio por el hecho de que sigan siendo tan buenos libros. Por que, efectivamente, son un buen modelo. Siempre les estaré agradecido.
La serie «Novela sobre un crimen» vio la luz entre 1965 y 1975, a razón de un libro al año, con la excepción de 1973. Sin embargo, ese mismo año Per Wahlöö declaró en una entrevista: «Al principio, mantuvimos un perfil bajo con la intención de llegar al gran público, pero supongo que el sesgo socialista se ha ido haciendo cada vez más patente». Ya en 1966, Wahlöö exponía su objetivo con total claridad: «La idea fundamental es ofrecer, en una larga novela de unas tres mil páginas, dividida en diez partes independientes o, si se quiere, en capítulos, un corte transversal de una sociedad estructurada de una determinada manera, analizando la criminalidad como función social, así como la relación de esa criminalidad con la propia sociedad y con las distintas formas de vida moral que se dan en la sociedad en cuestión.»
Se trata, pues, de un producto modélico de literatura del 68, que arranca en una época de concienciación política incipiente, 1965, y alcanza hasta, quizá, el año más dogmático de todos: 1975. Y debería haberle ocurrido lo que a tanta otra literatura del 68, a saber: que la uniformidad política hubiera eliminado toda tensión narrativa, haciendo que todo se viniera abajo como un castillo de naipes.
Pero, curiosamente, esto no ocurre. No ocurre ni siquiera en Los terroristas, última entrega de la serie, que terminó en circunstancias un tanto precarias, tras la muerte de Wahlöö, y que es, ciertamente, una obra de marcado sesgo ideológico, hasta sus últimos detalles. La escena final es significativa: Martin Beck y su nueva mujer, Rhea, están en casa del matrimonio Kollberg, formado por Lennart, que ha dejado ya el cuerpo, y Gun. Llega el momento de concluir la obra, de atar los cabos de las diez novelas. Y, efectivamente, se ofrece, de una manera un tanto rudimentaria, un resumen político de los diez años transcurridos. Pero éste tiene lugar en un contexto distendido y abierto: los cuatro charlan amistosamente, al tiempo que comparten un juego de mesa. El juego se denomina Cruciletra y consiste en que uno dice una letra y los demás tienen que intentar introducirla en un sistema de casillas de su papel. Kollberg gana todo el tiempo, y vuelven a empezar una y otra vez. Finalmente, es a Kollberg a quien le cae en suerte cerrar toda la serie, pronunciando las siguientes palabras: «Empiezo yo. Y digo X; X de Marx.»
De eso se trata precisamente: la creación literaria no debe nunca jamás someterse a la agitación política. No se pueden olvidar el tiempo y el marco escénico. No hay que olvidar nunca que la novela debe localizar a los personajes en un espacio, y que esto ha de hacerse con viveza. La vivacidad se antepone siempre a la ideología. Si uno lee detenidamente.
Con el sexto libro, Asesinato en el Savoy, de 1970, el componente ideológico sube claramente de tono. Desde el punto de vista literario, el libro es de los mejores de la serie —pues la destreza técnica es máxima y el sentido del humor alcanza aquí, quizá, su punto culminante—, pero se trata a la vez de una obra problemática. De un libro, pues, a la vez magnífico y problemático.
Es magnífico porque la creación literaria nunca llega más alto. Problemático, porque el libro encarna el aspecto menos atractivo del movimiento radical del 68. Creo que, en cierto sentido, se puede hablar de «izquierdismo deshumanizado». La descripción, extremadamente cuadriculada, de los círculos capitalistas que son objeto de crítica resulta de todo punto despiadada. A decir verdad, el empresario que en el capítulo primero es ejecutado en el Hotel Savoy de Malmö no tiene ni un solo rasgo conciliador, ni siquiera humano. Y aunque el retrato que de él se hace no carece de fuerza satírica, deja en el lector un regusto amargo. Tal era, precisamente, el aspecto deshumanizado de la izquierda. Cuando la ideología se impuso sobre el humanismo. Cuando se permitió que el fin justificara los medios.
Sin embargo, si uno es capaz de transigir con este punto de vista, Asesinato en el Savoy resulta una lectura fascinante de principio a fin. La imagen que ofrece del clima social imperante en un momento crítico de la historia, tanto en Suecia como en el resto del mundo, es insuperable. Un clima social que es en muchas maneras absurdo e inhumano, y en la periferia del cual seguimos viviendo. Y si uno se lee las diez novelas una tras otra, lo que recibe a cambio es, verdaderamente, una «novela sobre un crimen». Un gran, gran crimen.
Entonces, ¿en qué consiste el acierto de la serie de Sjöwall y Wahlöö? ¿Qué fue lo que tocó la fibra sensible de un quinceañero que, veinte años más tarde, acabó produciendo una obra propia en el género de la novela negra? La rabia contenida, creo. El fuego, pero que, a la vez, era un fuego férreamente controlado. El lento y progresivo descubrimiento de que la rabia carente de control y de dirección se viene abajo como un castillo de naipes, pero que el fuego, al mismo tiempo, debe permanecer y conservarse.
El poder hallar una forma en la que volcar su rabia, tal vez…
Jan Arnald / Arne Dahl








