Matrimonio de Serie Negra »

En la historia de la literatura sin ningún tipo de adjetivos no abundan ejemplos de matrimonios de escritores que hayan creado, de espaldas uno del otro, una obra extraordinaria, significativa y difícil de olvidar. Muchos menos si ambos, marido y mujer, son autores de novela negra. Menos aún si, cada cual por su propio camino, logró alcanzar la cima de una literatura que, entre los años 50 y 60, encontraba su propio sentido para descubrir a propios y extraños que no era, como hasta entonces se malpensaba, un género menor, sino que también se podía escribir, entre detectives y asesinatos, gran literatura.
Cuando en 1938 se casan Kenneth Millar y Margaret Sturm, ambos con apenas 23 años, pocos, quizás ni ellos mismos, podrían augurar que pasarían a la historia como Ross Macdonald y Margaret Millar, como dos de los mejores autores de novela negra del siglo XX, con una trayectoria literaria amplia y brillante, que asentaba a cada uno de ellos entre los más prestigiosos autores del género. MacDonald justo detrás de la senda de Dashiell Hammett y Raymond Chandler o lo que es lo mismo su detective Lew Archer persiguiendo, de cerca, las sombras de Sam Spade y Philip Marlowe.
Y Millar no se queda, ni mucho menos, atrás. Basta, por ejemplo, con atender a Ramón de España: “No hay acuerdo acerca de quién merece ser considerada la Primera Dama del crimen: hay quien apunta a Agatha Christie, hay quien reivindica a Elizabeth Sanxay-Holding y hay quien, como yo, le otorga el título a la olvidada Margaret Millar”. Hoy, mientras que MacDonald y su Lew Archer escéptico y desencantado siguen estando presente entre las preferencias de los lectores del género negro, Millar es una gran olvidada. Sobra decir, cuánto injustamente. Descúbranla. No será fácil olvidarla.
Ambos conyuges nacieron en 1915, Margaret en Ontario (Canadá), MacDonald en Los Gatos (California), tuvieron una hija, Linda, y siempre al lado el uno del otro, murieron con once años de diferencia. En 1983, MacDonald. Y en 1994, Millar. Cada uno había elegido su propio camino –Ross MacDonald más directo y crudo, Millar es más psicológica– para llegar, más o menos, al mismo destino. Que no sólo era el reconocimiento, los premios y las ventas, sino penetrar en la oscuridad del alma humana y descubrir que detrás de la realidad, más o menos ordenada, más o menos aparente, de cada ser humano habita otro mundo de miedos, de venganzas, de desequilibrio.
Para muchos, la sombra y el éxito inmediato de MacDonald impidió el verdadero reconocimiento de Millar, que siempre fue detrás suyo en cuanto a popularidad y ventas, aunque era leída por una legión de seguidores que la consideraban un verdadero ídolo. En ella, precisamente, en sus consejos, en sus descripciones familiares, hay quien ha querido explicar el éxito de MacDonald, sugiriendo que, en cierto modo, Lew Archer es una obra colectiva de marido y mujer. Ellos siempre lo negaron.
Sin Millar, MacDonald no sería el mismo. Probablemente, lo mismo sucedería con Millar: sin su larga vida junto a MacDonald habría sido otra novelista. ¿Mejor aún? Difícil superar el rigor de la maquinaria argumental, la punzada psicológica y psicoanalista, su manejo de lo irracional, su pulcritud literaria o la precisión en la creación de personajes.








