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Lehane, en cinco etapas

12/02/2010
Dennis Lehane

Dennis Lehane (c) Diana Lucas Leavengood

Revista Qué Leer. Antonio Lozano

La ascensión hacia la cúspide del género negro norteamericano de Dennis Lehane -autor de Mystic River de quien RBA publica su última novela, Cualquier otro día- puede definirse en cinco etapas, que parten de un Boston rudo y desembocan en un Baltimore turbio con la violencia reverberando por todo el camino.

Los cimientos: Existe el Boston del esplendor colonial y la avanzadilla liberal, el Boston de las recoletas viviendas de ladrillo rojo del arcádico barrio de Beacon Hill, el Boston superdotado en el que hierven las neuronas de los alumnos de Harvard y del Massachusetts Institute of Technology. Y existe el Boston suburbial y facineroso de Dennis Lehane. “Crecí en un mundo ligeramente noir; la gente que me rodeaba era muy diferente a la que luego encontraba en los libros. En última instancia, uno escribe acerca de lo que le rodea, de aquí que mi hábitat, compuesto de bares de mala muerte, aceras resquebrajadas y personas llenas de un orgullo fiero y de una profunda lealtad que viven al día exprimiendo sus miserables pagas, me llevaran a decantarme por el género negro”. Si Michael Connelly es el Los Ángeles donde no sale el sol y George Pelecanos el Washington en el que las corruptelas políticas constituyen el mal menor, el suyo es el Boston que nunca ha pisado John Kerry. Agarrado a la mano de su madre, Lehane pisa por primera vez con seis años una biblioteca, queda prendado y se convierte en un adicto a la lectura de por vida. Al combate darwiniano del que es testigo afuera y la infinitud potencial de mundos ajenos que puede visitar de puertas adentro se suma un corrido de empleos que acabarán por apuntalar su turbio y musculado engranaje ficcional. Trabaja cuatro años en una librería -”refuerza mi amor por la literatura”-, dos cargando camiones -”departo con un círculo de machos de una pieza en el que abundan los piscóticos y los drogadictos”- y ejerce de consejero de niños que han sufrido abusos -”me da acceso psicológico a las víctimas y al riesgo de que los vejados ayer se conviertan en depredadores mañana”.

Los inicios: “La novela negra es la desembocadura de la novela social. El género policíaco trata sobre una sociedad soterrada, en mi caso una Norteamérica de segunda división, una que vive por debajo de los márgenes. Sus habitantes suelen ser ignorados por una comunidad de escritores que ni siquiera sabe que existen”. Fijada la declaración de intenciones -una labor de espeleología de raíz sentimental destinada a hacer aflorar la cruda realidad periférica- el ángulo queda definido por una reveladora tríada de confesas influencias: Elmore Leonard, Robert B. Parker y Richard Stark (seudónimo intermitente de Donald Westlake). Verbigracia: dinamismo, cinismo, pulso callejero, mujeres fatales, sabuesos descreídos, puzzles, violencia desatada, corruptelas… La tradición hard boiled flambeada por los convulsos escenarios de juventud. Lehane se curte en las cenagosas aguas del género apostando por el binomio Patrick Kenzie-Angela Gennaro, detectives sensibles con oficina en un campanario bostoniano, que tienen su contrapunto en un tonto de buen corazón que devine una máquina de matar cuando la pólvora prende. La jugada le permite hacer trizas el cliché de los investigadores masculinos antagónicos introduciendo la guerra de sexos y una corriente de tensión erótica. “Me gusta escribir sobre mujeres y un poco de electricidad erógena da mucho sedal al conflicto dramático. Desde mi primera novela, -la inédita A Drink Before the War- pensé que a Patrick le secundaría una compañera que le resultaría inalcanzable en el plano romántico, un reflejo del tipo de mujeres fuertes y cargadas de conflictos con las que crecí”. Desapareció una noche y Plegarias en la noche son las dos novelas traducidas hasta el momento de una energética pentalogía con la que Lehane se forma privilegiando la acción sobre el estudio de personajes. Tras este rito de paso llegaría un salto cualitativo que nace de invertir precisamente este orden y cuyo discurso encubierto anidaría en las siguientes palabras del autor: “Contra más inestable se vuelve el mundo y contra más nos vemos enfrentados a los rincones oscuros de nuestra naturaleza con mayor impulso florecerá la novela policíaca. Esta, en mi opinión, es la plataforma que más hábilmente se cuestiona las raíces de la violencia, esa cosa tan desagradable dentro de ese animal llamado ser humano, aquel que siente la necesidad de herir a su semejante”.

El salto: Como su afiliación al género negro, MYSTIC RIVER surgió de la confluencia de ser un niño que se debatía entre el latido callejero y la inquietud artística. A los diez años, Lehane y un amigo reciben una reprimenda de un policía por pelearse en la calle. El episodio no pasa a mayores, pero se agazapa en ese rincón del subconsciente donde todo futuro escritor almacena espoletas narrativas. El amor por las viejas películas de James Cagney y el deseo de arrimarse a las sagas urbanas, protagonizadas por tipos recios boqueando en junglas de asfalto, de sus venerados Richard Price, Hubert Selby, William Kennedy y Pete Dexter echan el resto. Drama de tintes shakesperianos, desfile de almas atormentadas que intentan paliar la rabia y el dolor traspasando el mal a sus semejantes, estremecedor relato sobre la imposibilidad de redención y la densidad asfixiante del trauma, Mystic River supone la novela giro con la que entra en una madurez de fondo y forma, abriendo espacios para la reflexión al tiempo que se los cierra a la acción. La banda sonora que pauta su redacción reculta a “Bruce Springsteen, The Rolling Stones y The Clash”. En la película homónima, Clint Eastwood y el guionista Brian Helgeland apresan de forma soberbia la razón de ser que Lehane otorga a su novela, esto es, la “toma de conciencia de que la violencia no es un hecho aislado, de que incluso el acto más diminuto que la incluya reverberará en el futuro entre los implicados de formas imprevisibles, de que es un animal insidioso al que le das un poco de aire y va absorbiendo cada vez más oxígeno de la atmósfera”. El escritor, que no en vano considera Un mundo perfecto, un film sobre un forajido lleno de ternura bajo su disfraz de hojalata, el mejor trabajo de Eastwood, traza, no obstante, un paralelismo entre Sin perdón y Mystic River: “En ambas propuestas no hay un villano auténtico, todos creen estar haciendo el bien cuando están actuando mal”.

La confirmación: Profesor de escritura creativa en la Florida International University, Dennis Lehane machaca a sus alumnos con el mantra “escribir es una religión, no un deporte” para neutralizar la tentación de pensar que uno “puede cualquier día saltar de la cama y ponerse a ello tan ricamente”. Esta invitación a la constancia se traduce en la autoexigencia de penetrar con cada nuevo trabajo en terrenos inexplorados en los que el desafío abre la marcha. Coherente con su motor creativo, “sólo puedo dedicarme a un libro que me produzca miedo”, SHUTTER ISLAND es una sorprendente vuelta de tuerca a su ficción que nace de un flirteo con el gótico y, si me apuran, la neurociencia. Con la voluntad de “mirar de cara al McCarthysmo de una forma no lineal”, con Frank Sinatra sonando incesantemente de fondo en el estudio del autor y hermanándose con el resbaladizo recurso a una voz manipuladora, presente en trabajos recientes de Ian McEwan, Sarah Waters o Patrick McGrath, Lehane nos aprisiona en un centro de rehabilitación para enfermos mentales con un pasado criminal, sórdida isla bifrontal que hubiese complacido al Doctor Moreau de H.G. Wells, a la que llegan en 1954 dos agentes federales para investigar la houdinesca volatilización de un paciente. Relamiéndose en la potencialidad predestigitadora de todo narrador, Lehane recupera el pulso vibrante de sus primeros trabajos sumiendo al lector en las arenas movedizas de la cita del poeta italiano decimonónico Arturo Graft: “El de la locura y el de la cordura son dos países limítrofes, de fronteras tan imperceptibles, que nunca puedes saber con seguridad si te encuentras en el territorio de la una o de la otra”.

Lo último: Mientras tomaba forma la adaptación cinematográfica de Shutter Island, el escritor planeó su próxima reinvención a través de “una novela ambientada entre los años 1918 y 1921, un período muy convulso en la historia norteamericana en el que, a reflujo de la posguerra mundial, comienzan a aflorar aspectos de tanta actualidad como el terrorismo, la tiranía corporativa o las revueltas obreras. Se enmarca principalmente en una huelga de policías que padeció Boston en 1919, la cual desencadenó una sangrienta revuelta ciudadana”.

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