Ian Rankin presenta a Malcolm Fox
Asuntos Internos es el debut literario de Malcolm Fox, nuevo personaje protagonista de Ian Rankin. Los que busquen en él la huella de Rebus, se equivocarán. Fox es menos corrosivo, más reflexivo e, igualmente, sorprendente. Aquí tienes su perfil:
- Una profesión delicada:Malcolm Fox lleva cuatro años y medio como agente de Asuntos Internos y Conducta en la jefatura de policía de Lothian y Borders, la sección peor vista entre los compañeros al ser “polis que investigan a otros polis”, de aquí que se la bautice despectivamente como “Brigada Silenciosa” o “Tacones de goma”. El panorama se agrava al estar asignado a la unidad de “Ética Profesional”, que se ocupa de los casos más oscuros: racismo, corrupción, sobornos… Sus miembros “eran discretos, serios y decididos, y no tenían limitaciones de poderes para hacer su tarea”. Una de las peores caras de su trabajo es que incita a desconfiar de todo el mundo, empezando por los integrantes de su propio equipo. Todos los adscritos a Asuntos Internos reciben la misma advertencia: “Jamás dejes nada a la vista”. El resto de policías considera que el trabajo que llevan a cabo es fácil, lo que encabrita a Fox ya que no es así ni por asomo.
- Un dilema incómodo: A los de “Ética Profesional” se les arroja con frecuencia una pregunta sangrante: “¿Cómo podéis escupir a los vuestros, incluso a ex compañeros de trabajo?”. Y ellos se defienden convenciéndose a sí mismos de que son “buenos policías”. En sus momentos de debilidad, Fox le da vueltas a la cabeza sobre qué significa exactamente eso de “buenos”. En el fondo sabe que se enfrenta a delincuentes y que ello le obliga a emplear métodos cuestionables, pero ¿acaso su conducta ha sido siempre irreprochable?, ¿acaso no hay tacha en su expediente? El dilema lo abruma.
- Poli de raza: De origen humilde, Fox cursó estudios en centros públicos y se formó como policía en las comisarías de Livingston y St. Leonard. Desde pequeño le había seducido la idea de llevar placa: “le gustaba decir a los amigos “voy a ser poli”, recreándose en las palabras y en el efecto que causaban en algunos”. Su primera opción, sin embargo, hubiese sido ser una estrella del equipo de fútbol del Hearts, al que se ha tenido que resignar a apoyar por televisión como un aficionado más. En más de una ocasión se le han acercado para comentarle que tiene aspecto de poli.
- La familia: Su madre falleció. Su padre, una persona orgullosa y que no soporta a los quejicas, vive en una residencia privada al este de Edimburgo que costea su hijo, en parte porque le alivia algo la carga de culpabilidad por no pasar el suficiente tiempo con él. Fox paga por ella más que por la hipoteca de su casa, lo que le deja lo justo a final de mes para ir tirando. Tiene una hermana pequeña, Jude, que atraviesa verdaderos apuros económicos y sufre remordimientos todavía mayores por no visitar a su progenitor, si bien su principal desgracia es estar casada con un maltratador. Fox ha oído tantas veces eso de “no te metas en mi vida” que siempre actúa con cautela con ella.
- Mal de amores: Estuvo casado con Elaine, una compañera de colegio a la que reencontró años después en el funeral de un amigo común. Todo fue muy rápido. El noviazgo duró medio año y el matrimonio diez meses. Pronto se dieron cuenta de su error, pero fue ella quien dio el primer paso. La ruptura agudizó el problema de Fox con la bebida. De todo aquello hace ya seis años, pero desde entonces al agente no le ha ido de cara con las mujeres. Quizás pueda romper su mala racha con la sargento Annie Inglies, separada, madre de un hijo adolescente y empleada del “Chop”, departamento policial que trata con abusos a menores, pornografía infantil y otros horrores. A Fox le intriga de ella “la mezcla de mujer y la carrera elegida”.
- Sobriedad con excepciones: Hace cinco años que dejó la bebida. La gota que colmó el vaso (y permítase el chiste fácil) fue una noche en que, borracho perdido, pegó a su ex mujer. Ella no lo denunció, se limitó a decirle “Deja de beber”. Así lo hizo. Aunque cuando su olfato capta el aroma del whisky se vuelve loco, ha sabido arrinconarlo en favor del té con leche y los zumos de manzana y de tomate, preferentemente. Con todo, “en los dos últimos años se había permitido alguna incursión, aunque sólo cuando estaba en plena forma mental; cuando la fuerza de voluntad era intensa”.
- En la oficina: Pese a que en la comisaría lo apodan Foxy (zorro), su gran tamaño y su carácter lo emparentan más con otro mamífero. “De un “auténtico oso” le había calificado uno de sus antiguos jefes: lento pero firme y temible sólo en ocasiones”. También causa estupefacción entre sus compañeros –básicamente su jefe, el inspector McEwan, y sus subordinados, Tony Kaye y Joe Naysmith- su afición a los tirantes, más no los escogió por afectación, sino por la suma de no gustarle los cinturones y haber adelgazado seis kilos tras dejar la bebida. Siempre acude a su puesto de trabajo con camisa y corbata, atuendo que contrasta con la avejentada cartera que acarrea.
- Sano a medias: Desde que un médico le advirtió de los peligros de la tensión arterial y de la diabetes, comenzó a vigilar con la alimentación y a cuidarse un poco. Le pirran las tostadas y la comida china y, puesto que es incapaz de cocinar, ergo es “un experto en comidas para llevar”, más de una noche incurre en la descongelación de una lasaña.
- Aficiones: Se relaja escuchando una emisora de radio especializada en canciones de pájaros y reordenando los estantes de la librería de su chalé en Oxgangs, un animado barrio lleno de tiendas y pubs y con el bypass de Edimburgo a escasos minutos. Si no tiene un periódico o un libro entre las manos, se pone un DVD ya que considera que, la mayoría de las veces, la programación de la tele apesta. Con frecuencia un caramelo de menta rueda por su lengua mientras se ocupa de estas tareas o conduce su Volvo.
- Rumiante: A Fox, un tipo que gusta de darle muchas vueltas a las cosas, le asalta de forma recurrente la sensación de que todo va mal, empezando por la crisis económica global y acabando por las malditas obras del tranvía en Edimburgo que lo han puesto todo patas arriba. Sobre su conciudadano típico opina que “se ofendía rápidamente, pero tardaba mucho en enfurecerse, si acaso; y a cuanto ocurriera fuera de su mundo se mostraba remiso e indiferente”.








