Henning Mankell
Traducido a 40 lenguas, y con 30 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, Henning Mankell, nacido en Estocolmo en 1948, era hasta la llegada de Stieg Larsson el rey indiscutible del género negro sueco. Su éxito se apoya en un personaje en principio tan poco magnético como resulta ser el inspector Kurt Wallander, que en el primer libro de la serie de diez que lleva protagonizados, Asesinos sin rostro, se nos presenta recién abandonado por su mujer, enfrentado a su hija, angustiado por la demencia senil de su padre y con la salud más que maltrecha a causa de su inmoderado consumo de alcohol y comida barata y su propensión al insomnio. Pero a pesar de estas limitaciones, Wallander es un policía tenaz y responsable, que tiene a sus órdenes a un grupo de agentes no menos puntillosos, con los que logra salir airoso de las investigaciones que se le presentan.
Antes de llegar al género criminal, Mankell tuvo una larga carrera en el teatro, para el que ha escrito decenas de piezas y en el que debutó con apenas 20 años, trabajando como ayudante de dirección en el Riks Theater de Estocolmo. Después de haber sido un ferviente activista contra la guerra de Vietnam, el apartheid sudafricano o el colonialismo portugués, su otra gran pasión es el continente africano, en el que pasa largas temporadas. Allí ha acabado dirigiendo el teatro Avenida de Maputo, la capital de Mozambique, y actuando como importante mecenas de los creadores locales. Es conocido por su labor como benefactor, a la que dice haber dedicado la mitad de sus ingresos.
Las aventuras de Wallander se desarrollan en Ystad, una localidad costera situada en el extremo meridional de la península escandinava, que gracias a su célebre vecino en la ficción atrae a miles de visitantes de todo el mundo. Allí Wallander y sus compañeros resuelven crímenes siempre impactantes y con frecuencia tortuosos. Por culpa de ellos, los lectores españoles, entre los que gozaron de una rápida difusión a partir de la publicación de La quinta mujer (el sexto título de la serie), se hicieron por primera vez esa sorprendida pregunta que desde entonces el resto de autores suecos han seguido alimentando: ¿qué es lo que falla en Suecia, que oscura y desconocida realidad se oculta bajo la fachada del envidiable estado del bienestar?
Como ya hicieran los precursores del género en Suecia, Sjöwall y Wahlöö, y reiterará el celebrado Stieg Larsson, Mankell apunta a ciertas zonas de sombra de la sociedad y de la historia suecas. A unas altas esferas políticas y económicas, en las que, como sucede en cualquier otra parte, acampa más de lo deseable el virus de la corrupción. A una Guerra Fría en la que Suecia desempeñó una ardua neutralidad (como lo pone de manifiesto el último título de la serie, por ahora, El hombre inquieto), y todavía más atrás, a una Guerra Mundial en la que esa misma neutralidad convivió con la generosa complicidad de influyentes sectores de la sociedad sueca con la causa nazi. Pero también nos acerca a las personalidades trastornadas de asesinos psicópatas y sanguinarios, que con la crueldad de sus acciones alteran aparatosamente el equilibrio de una sociedad que se quiere modélica y civilizada como pocas. O a las perturbaciones que provienen de la nueva realidad del mundo globalizado, en el que no sólo se han abolido las fronteras entre los bloques antagónicos durante la segunda mitad del siglo XX, sino también muchas otras, liberando flujos humanos no siempre benéficos.
Sobre este paisaje indaga y arrastra sus tribulaciones el melancólico Wallander, un hombre que a veces, de puro dolor y de pura soledad, a punto está de arrojar la toalla, pero que nunca termina de dejar de cumplir su deber, ya sea para con los restos que le quedan de su familia, ya con los casos que le depara su función policial. Un gris, y eficaz, héroe de nuestro tiempo.









