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	<title>Revista Serienegra &#187; Babelia</title>
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	<description>Tu revista digital sobre novela negra</description>
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		<title>Dignos de toda sospecha (Babelia)</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Dec 2009 23:38:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Emilia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Críticas]]></category>
		<category><![CDATA[Babelia]]></category>
		<category><![CDATA[El País]]></category>
		<category><![CDATA[Un eco lejano]]></category>
		<category><![CDATA[Val McDermid]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuatro estudiantes hallan el cadáver de una chica y aunque todas las miradas caen sobre ellos nada los compromete. Veinticinco años después, dos de ellos mueren en extrañas circunstancias. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>JUSTO NAVARRO. BABELIA</strong></p>
<p><em>Cuatro estudiantes hallan el cadáver de una chica y aunque todas las miradas caen sobre ellos nada los compromete. Veinticinco años después, dos de ellos mueren en extrañas circunstancias. Los sospechosos ahora sospechan. Temen. Ésta es la trama creada por Val McDermid en Un eco lejano, cuya novelística se caracteriza por interesarse en los secretos de quienes quedan vivos y porque sus culpables no son locos ni psicópatas. Son cuerdos y lógicos.</em><br />
<span id="more-1428"></span><br />
La sospecha es más interesante que el crimen en los mundos de la novelista escocesa Val McDermid (1955), porque los asesinados se van con sus secretos y nos dejan ignorantes y desorientados, pero los sospechosos activan nuestra imaginación. Rosie, de 19 años, camarera de bar, es violada y acuchillada y, veinticinco años después, nadie sabe quién la mató: así empieza <em>Un eco lejano</em> (<em>The distant Echo</em>, 2003), la aventura de cuatro sospechosos eternos, estudiantes en 1978, amigos íntimos, que, al volver de una fiesta, descubren de noche a una moribunda desangrándose en la nieve. Conocían a la chica. Y, puesto que es común que los asesinos finjan haber encontrado el cadáver de sus víctimas, quizá estos jóvenes, juerguistas manchados de sangre, no sean espectadores inocentes, testigos involuntarios de un hecho terrible, sino culpables de un asesinato.<br />
El círculo de sospechosos, los cuatro estudiantes, sufre la intromisión de la policía, la suspicacia y la maledicencia de compañeros y vecinos, la violencia de los bestiales hermanos de la víctima. La investigación se estanca, semejante al invierno en la costa este de Escocia, donde se producen los hechos: nieve que se derrite y deshace las huellas, ciénagas y fango, todo resbaladizo. Los sospechosos parecen eternamente condenados a ser los asesinos que quedaron impunes. Si en las novelas de P. D. James el crimen inesperado abre los cajones cerrados del muerto para revelar sus secretos, en Un eco lejano airea la intimidad de los sospechosos, que también se dejarán envenenar por la suspicacia y la desconfianza: de pronto se mancha la transparencia de su amistad desde el colegio.</p>
<p>Val McDermid se las entiende con personajes sólidos, adheridos a la realidad, a la guerra de clases local en su Escocia, entre trabajadores y estudiantes, gente del país e invasores ingleses, homosexuales y heterosexuales, mujeres y hombres. La trama y las situaciones surgen de estos personajes y, preocupados por su suerte, quisiéramos averiguar qué los llevará y nos llevará a la solución del enigma. Ya estamos en 2003, ahora mismo, veinticinco años después del crimen. La mecánica de la novela es accionada por la sospecha, la venganza, la vergüenza, el miedo que conduce a acciones infamantes. Los policías son humanos, valientes, honrados, incompetentes, venales o repulsivos. Los mejores desaparecen.</p>
<p>Nuevos crímenes se cometen para ocultar viejos crímenes o para vengar antiguas culpas. Se mata a navaja, bate de béisbol y bomba incendiaria casera a base de gasolina y pintura, pero los vengativos yerran, ciegos de pasión. McDermid es una novelista razonable, y su asesino no es un psicópata caprichoso, sino un criminal lógico, sensatamente hipócrita, aunque vaya perdiendo cordura en sus sucesivas fechorías. El melodrama de crímenes exige una especial intensidad de emociones, y Un eco lejano cumple la ley del género con apariciones imprevistas de familiares desconocidos, partos difíciles, amores traicionados, conversiones a la fe de Cristo, el secuestro de un recién nacido.</p>
<p>Estos grandes golpes de efecto se equilibran con un detallismo minucioso, casi maniático alguna vez, como cuando se nos da la marca francesa del coche que, conducido por una mujer, deja sitio libre en el aparcamiento para el coche de uno de los héroes sospechosos. Todo está bien tramado, como en la estupenda <em>Lugar de ejecución</em> (RBA, 2002), que hizo a Val McDermid tan apreciada entre los aficionados al género criminal. La novelista domina el arte de interesar e impresionar, de hacerse leer, más allá del gusto de saber la identidad del asesino, inesperada, aunque, desde el principio, conozcamos algún síntoma de la verdadera personalidad de la criatura.</p>
<p><a href="http://www.elpais.com/articulo/narrativa/Dignos/toda/sospecha/elpepuculbab/20060930elpbabnar_2/Tes">http://www.elpais.com/articulo/narrativa/Dignos/toda/sospecha/elpepuculbab/20060930elpbabnar_2/Tes</a></p>
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		<title>Triste, solitario y definitivo (El País)</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Nov 2009 19:37:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Emilia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Recomendados]]></category>
		<category><![CDATA[Recortes de prensa]]></category>
		<category><![CDATA[Babelia]]></category>
		<category><![CDATA[El País]]></category>
		<category><![CDATA[Philip Marlowe]]></category>
		<category><![CDATA[Raymond Chandler]]></category>
		<category><![CDATA[Todo Marlowe]]></category>

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		<description><![CDATA[Carlos Boyero, EL PAÍS, 05/12/2009
TRISTE, SOLITARIO Y DEFINITIVO
La personalidad de Philip Marlowe ocupará siempre un lugar de privilegio en el corazón de mucha gente. Fatalista, escéptico, lúcido y amargo, el personaje de Raymond Chandler es ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Carlos Boyero, EL PAÍS, 05/12/2009</strong></p>
<p><strong>TRISTE, SOLITARIO Y DEFINITIVO</strong></p>
<p>La personalidad de Philip Marlowe ocupará siempre un lugar de privilegio en el corazón de mucha gente. Fatalista, escéptico, lúcido y amargo, el personaje de Raymond Chandler es un ganador moral por mucho que le rompan la cabeza y el alma</p>
<p>Si no está previamente avisado de la gozosa novedad, al mitómano que haya salido a la calle con escaso dinero de bolsillo y sin tarjetas de crédito le puede dar un ataque de ansiedad al observar el escueto título de un libro con 1.400 páginas: <em>Todo Marlowe</em>. Sentirá la inaplazable necesidad de llevárselo a su casa, robándolo si no hay otro remedio. No hace falta que se fije en el nombre del autor para saber quién lo protagoniza. También existe otro apellido parecido e igualmente ilustre en la historia de la literatura. Lo inventó Joseph Conrad, se llamaba Marlow, ejercía de sombrío narrador en El corazón de las tinieblas y en Lord Jim. Pero Marlowe, de nombre Philip, sólo hay uno para varias generaciones de enamorados lectores.</p>
<p>Tuvieron las primeras noticias de su problemática existencia en 1939 y a partir de 1958 no se volvió a saber más de personaje tan entrañable. Marlowe estaba convencido de que si algún día y en cualquier callejón alguien le enviaba al otro barrio, nadie tendría la sensación de que a su vida le faltaba de pronto el suelo. Su fatalismo, su escepticismo, su lucidez, su amargura, o la constatación de su soledad, se equivocaban en la previsión. La personalidad de este detective de Los Ángeles ocupará siempre un lugar de privilegio en el corazón de mucha gente, pertenece a su soñada familia, se han alegrado con sus triunfos pírricos, han sentido su intemperie, se han regocijado con la incomparable mordacidad de su lengua y la arriesgada chulería con la que se enfrenta a los poderosos, están de acuerdo con su cínica certidumbre de que &#8220;la vida es una palmada en el hombro, hoy, un puñetazo en los dientes, mañana&#8221;, desean que sus resacas no sean feroces y que no se<br />
sienta demasiado perdido, que la traición de la poca gente en la que confía (la de Terry Lennox fue la más salvaje) no arañe perdurablemente su corazón, que alguna mujer enamorada (&#8220;había un cabello largo y oscuro sobre una de las almohadas, había una bola de plomo en la boca de mi estómago&#8221;, confiesa Marlowe), con tanta comprensión como paciencia, se atreva a envejecer con él.</p>
<p>Está claro que a pesar de toda nuestra admiración y nuestro amor a Sherlock Holmes es improbable que a lo largo de nuestra vida conozcamos a un sabueso tan analítico y genial como él. Su personalidad pertenece exclusivamente a la maravillosa ficción. Pero a Marlowe siempre le vamos a sentir muy cerca. Te reconoces en su vulnerabilidad y te encantaría poseer sus virtudes. Es un profesional de la resistencia aunque sepa que no puede ganar, es inevitablemente honrado, no permite que su dignidad se manche aunque siempre se mueva por el barro, es incomprable aunque constate una y otra vez que casi todo está en venta, mantendrá sus códigos a un precio muy alto, se negará a la autocompasión cuando el derrumbe es absoluto, posee una causticidad que le sirve de coraza, sabe reírse de sí mismo y de su ruina. Tiene madera de héroe cotidiano, da igual que las etiquetas convencionales le encuadren en los antihéroes, es un ganador moral por mucho que le rompan la cabeza y el<br />
alma.</p>
<p>Quieres imaginar que los creadores se parecen a sus criaturas. No es difícil identificar a Dashiell Hammett con Sam Spade, con Ned Beaumont, con el hombre de La Continental. El maestro de la prosa dura sabía de lo de que hablaba. Había trabajado como detective en la Pinkerton, en un tiempo de canallas patrióticos mandó al infierno a McCarthy y a su rebaño de inquisidores cuando le exigieron que confesara su izquierdismo y delatara a sus colegas, chupó cárcel por ello, el lugar más indeseable para alguien masacrado por la tuberculosis y el alcoholismo, cuentan que era granítico, auténtico y secreto. Sin embargo, la imagen de Raymond Chandler reúne escasas afinidades con la de Philip Marlowe.</p>
<p>Releo después de mucho tiempo la biografía de Chandler que escribió Frank MacShane y encuentras pocas cosas exaltantes en ella. Este señor que fuma en pipa y viste siempre de tweed, con inequívoca pinta de profesor inglés, desprende toneladas de tristeza, lacerante introversión, permanente inseguridad, un carácter emparentado con el tormento. Poco antes de morir escribe a su agente en Londres: &#8220;He vivido mi vida al borde de la nada&#8221;. Sorteó aparentemente ese pozo negro trabajando como directivo de compañías petrolíferas hasta los 45 años, trabajo del que le despiden por su volcánica relación con la botella. Se impondrá en nombre de la supervivencia épocas de abstemia, pero las recaídas serán salvajes. Billy Wilder, que trabajó tortuosamente en el guión de la maravillosa Perdición, cuenta que hizo la sombría Días sin huella pensando en Chandler, para intentar comprender los demonios que habitaban en el alcoholizado cerebro de ese artista al que admiraba<br />
.</p>
<p>Chandler, que había hecho vanos pinitos con la poesía en su juventud, comienza a escribir relatos policiacos para la revista Black Mask a raíz de su despido. Son la base de esa creación magistral llamada Philip Marlowe, conmovedor protagonista de siete novelas, algunas irregulares o confusas en la trama, pero todas dotadas de un estilo deslumbrante, capacidad descriptiva, diálogos memorables, sarcasmo de altura, emoción contagiosa, un tono desesperadamente lírico. Dos de ellas son perfectas: El largo adiós y Adiós muñeca.</p>
<p>Conoce el éxito, pero ese bálsamo tampoco es duradero. Enviuda de su eterna esposa, señora veinte años mayor que él y que ha constituido el mayor refugio para un hombre indeseablemente familiarizado con el vértigo. Hay un desolado y grotesco intento de suicidio porque Chandler no acierta a disparar con la pistola. La cirrosis se complica con una pulmonía. Todo ya es triste, solitario y definitivo, había certificado Marlowe en El largo adiós. Refiriéndose a su propia obra, Chandler escribió: &#8220;Tiene que haber algo de magia en eso de escribir, pero no me atribuyo ningún mérito. Ocurre. Simplemente. Como el cabello rojizo. Pero encuentro bastante humillante coger un libro mío para leer un pasaje y sorprenderme leyéndolo de nuevo veinte minutos después, como si lo hubiera escrito otra persona&#8221;.</p>
<p><a href="http://www.elpais.com/articulo/portada/Triste/solitario/definitivo/elpepuculbab/20091205elpbabpor_32/Tes">http://www.elpais.com/articulo/portada/Triste/solitario/definitivo/elpepuculbab/20091205elpbabpor_32/Tes</a></p>
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		<title>Unos por otros (Babelia)</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Oct 2009 21:11:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dilmot</dc:creator>
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		<category><![CDATA[El País]]></category>
		<category><![CDATA[Especial Philip Kerr]]></category>
		<category><![CDATA[Unos por Otros]]></category>

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		<description><![CDATA[Conocimos a Bernhard Gunther en Berlín en 1936. Era en tiempos de los Juegos Olímpicos y los nazis escondían su peor basura antisemita bajo las alfombras]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>JACINTO ANTÓN. BABELIA</strong></p>
<p>Conocimos a Bernhard Gunther en Berlín en 1936. Era en tiempos de los Juegos Olímpicos y los nazis escondían su peor basura antisemita bajo las alfombras para dar buena impresión al mundo. Un buen escenario para un detective empeñado precisamente en lo contrario: en destapar asuntos sucios. Violetas de marzo fue la primera de las novelas del extraordinario personaje del escocés Philip Kerr (Edimburgo, 1956).<br />
<span id="more-214"></span></p>
<p>Una trilogía señera, de ambientación magnífica, que recibió el título genérico de Berlín Noir y que el año pasado continuó con una excelente cuarta entrega, Unos por otros, en la que recuperamos a herr Gunther, el detective berlinés enredado en la esvástica y en asuntos de espionaje. La idea de contraponer una investigación criminal con el más grande crimen de la historia (la guerra y el genocidio de Hitler) no es nueva, ahí está por ejemplo <em>La hora estelar de los asesinos</em>, de Pável Kohout, quizá la obra maestra de esa interesantísima ramificación de la novela negra —llamémosla <em>negra-Feldgrau— </em>en la que figuran <em>La noche de los generales, </em>de Hans Hellmut Kirst, las novelas de Ben Pastor protagonizadas por el oficial alemán Martin Bora o estupendos títulos recientes como <em>Berlín 1945 </em>o <em>El buen alemán. </em>Pero Kerr ha conseguido insertar como nadie el clima y los caracteres del relato de detectives clásico en la insanidad moral del nazismo y sus ruinas (las pesquisas de Gunther continúan hasta adentrarse en la guerra fría). Si en anteriores casos vimos al mujeriego, encallecido y cínico —pero íntegro— detective berlinés cruzar su camino con los de serpientes como Heydrich, Goering y Himmler (Kerr muestra un conocimiento excelente de los siniestros vericuetos de los servicios de seguridad del Reich, o del viejo callejero de Berlín, Viena y Munich), en <em>Unos por otros </em>es Eichmann el nazi de referencia. Gunther le acompaña en su histórico viaje a Israel en 1937, donde nuestro hombre establecerá unos contactos cuya importancia se desvelará a lo largo de la novela. Ésta salta enseguida a 1949, cuando encontramos a Gunther regentando el hotel de su suegro en Dachau. Un hotel poco concurrido como es lógico.</p>
<p>Una serie de acontecimientos meterán de cabeza al detective en una abominable conjura en la que están involucrados antiguos médicos de las SS y agentes de la CIA. Boquiabiertos, seguiremos sus encuentros con Odessa, los escuadrones judíos cazanazis del Nakam, los viejos camaradas de la Gestapo y mujeres guapas de bonito trasero. Kerr engancha: no se lo pierdan.</p>
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		<title>Postales sangrientas (Babelia)</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Aug 2009 13:58:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dilmot</dc:creator>
				<category><![CDATA[Recortes de prensa]]></category>
		<category><![CDATA[Babelia]]></category>
		<category><![CDATA[El bosque]]></category>
		<category><![CDATA[El País]]></category>
		<category><![CDATA[Harlan Coben]]></category>

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		<description><![CDATA[EL PAÍS. 09/08/2009. ANDREA AGUILAR

Una de las bromas que Harlan Coben repite con más frecuencia cuando viaja al extranjero es que Los Soprano no es un documental. Sentado en el salón de su casa, una ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>EL PAÍS. 09/08/2009. <strong>ANDREA AGUILAR</strong></p>
<div>
<p>Una de las bromas que Harlan Coben repite con más frecuencia cuando viaja al extranjero es que <em>Los Soprano</em> no es un documental. Sentado en el salón de su casa, una bonita mansión de 1865 en Ridgewood, próspero suburbio de Nueva Jersey, el escritor la enuncia de nuevo y sonríe. A continuación, se declara fan de la serie televisiva y señala la dirección que uno debería tomar para llegar al Bada Bing, el club de <em>strip-tease</em> en el que el mafioso Tony y su banda pasaban el día. &#8220;¿Recuerdas la tienda que sale en la segunda temporada? Ésa está a un par de calles de aquí&#8221;, Coben sonríe de nuevo. Viste bermudas naranjas, mocasines de ante y una camiseta. Es grande, mide cerca de dos metros, y lleva la cabeza rapada. Su aire deportivo aporta desenfado a este salón de paredes forradas de madera y sofás con tapicería de seda.<span id="more-783"></span></p>
<p>A sus 46 años ha publicado 15 novelas y ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo. &#8220;En Francia mi obra gusta mucho y también en una docena de países más, lugares como Tailandia o Bulgaria. Uno nunca sabe por qué pasa esto&#8221;, afirma. Su género es el negro, el <em>thriller.</em> Pero Coben no habla de conspiraciones políticas, ni de plagas, ni de terroristas, ni siquiera de familias mafiosas americanas. En sus libros escribe sobre sus vecinos, sobre la zona norte de Nueva Jersey y los ricos suburbios de césped cortado al ras. Lo suyo tiene más que ver con <em>Mujeres desesperadas</em> que con Tony Soprano y sus matones. &#8220;Esto es el sueño americano, los dos coches, los 2,4 hijos, la valla de madera alrededor de la casa. Y aquí es donde a mí me gusta jugar&#8221;, dice. Un terreno fértil por el que Coben se mueve con soltura, salpicando la idílica postal con asesinatos, misteriosas desapariciones, traiciones, degollamientos y violaciones. Ni siquiera los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la avalancha de ficción que han generado le han hecho cambiar de rumbo. &#8220;Hablé un poco de ello en <em>La promesa,</em> la novela anterior a <em>El bosque</em> [recién editada en España], pero he tardado bastante. Ésta es una de las zonas que se vieron más afectadas por el ataque, es el corazón de la tragedia. No hay un día en que no me cruce con alguna viuda o crío que perdió a su esposo o padre en las torres&#8221;.</p>
<p>En <em>El bosque</em> (RBA), el fiscal del distrito de Essex, el viudo Paul Copeland, se funde en un abrazo con su hija de seis años y consigue olvidar por un momento a &#8220;los chicos que violan, a las chicas que desaparecen en el bosque, a los asesinos en serie que rebanan gargantas, a los cuñados que traicionan tu confianza, a los padres en duelo que amenazan a niñas pequeñas&#8221;. Para acabar de hacerse una idea del argumento de este libro situado en Ridgewood, el mismo pueblo donde el escritor vive, cabría añadir a la fauna de <em>El bosque</em> a un <em>hippie</em> trastornado, madres inmigrantes, curtidos policías y abogados despiadados. &#8220;Sí, en esta novela hay un campamento de verano, el KGB y el juicio de una violación. Tiro muchas bolas al aire, pero lo que me gusta es ver que todo cae donde debe. Se me dan bien las tramas&#8221;. Y no le convence eso de guardarse nada en la manga para el siguiente libro. Aquí y ahora es la filosofía que guía su trabajo: &#8220;Yo cada idea que tengo la meto en la novela que estoy preparando en ese momento&#8221;.</p>
<p>Así las cosas, Coben no duda en llevar a sus personajes al límite, y Copeland, <em>Cope</em> para los amigos, tiene que hacer frente al caso más importante de su carrera como fiscal, la violación de una <em>stripper</em> negra a manos de un grupo de universitarios blancos y ricos en una fraternidad. Simultáneamente, un cadáver arroja nueva luz en el caso de la desaparición de su hermana 20 años atrás en un campamento de verano en el que dos jóvenes fueron degollados. &#8220;Cope es un tipo listo que ve las cosas con cierto sarcasmo&#8221;, dice el escritor. El apellido de este personaje parece una advertencia -el verbo <em>cope</em> significa arreglárselas-. Para hacer frente a todo esto el fiscal cuenta con la inestimable ayuda de Loren Muse, un personaje que reaparece en su siguiente libro y cuyo nombre también es revelador <em>-muse</em> significa cavilar, reflexionar-. En este caso, el autor no lo eligió. Desde hace años subasta los nombres de al menos cinco personajes de sus novelas. El dinero, cerca de 50.000 dólares en la última ocasión, lo dona a una organización benéfica. &#8220;Siempre digo lo mismo, usaré el nombre pero puede que sea el de una prostituta, así que, por favor, comprueba que la persona a la que haces este regalo tiene sentido del humor&#8221;.</p>
<p>Coben no escatima ironía ni humor en sus libros, y afila su pluma al hablar en <em>El bosque,</em> por ejemplo, acerca de una función escolar que las atildadas madres de Ridgewood graban con ansia desde sus videocámaras. La directora del colegio de sus hijos parece que aún se está riendo de aquello. ¿Y sus vecinas? &#8220;Todas dicen que saben perfectamente de lo que hablo, que <em>esas</em> madres son tremendas. El jorobado nunca ve su joroba, ¿no?&#8221;, bromea.</p>
<p>Hay algo en la forma que Coben tiene de afrontar la escritura que le asemeja a los deportistas. Más allá de las bolas en el aire y los principios y finales bien delimitados, le gustan las fechas de entrega, el más difícil todavía y la acción. Es más, reconoce que con sus amigos escritores de lo que habla es de deporte. Dan Brown es uno de ellos. Fueron juntos a la universidad y eran miembros de la misma fraternidad donde el novelista conoció a su esposa. Ninguno de los dos pensaba entonces en ser escritor. Mary Higgins Clarke es la única excepción a la regla de no hablar de libros con amigos escritores.</p>
<p>Myron Bolitar, el personaje que protagoniza siete de las novelas de Harlan Coben, es agente deportivo, un tipo normal que se ve envuelto en una serie de intrigas. Un buen día, sin embargo, Coben decidió abandonarle. &#8220;Lo dejé después de siete libros porque ya le habían pasado muchas cosas. Él se enfrenta a los casos de una forma personal, no es Sherlock, no es policía, ni investigador, y esto plantea unos límites. ¿Cuántas catarsis puede afrontar alguien así sin perder credibilidad como personaje? Myron me miró y me dijo que ya era suficiente. Además, era una cuestión de ego, quise demostrar que podía escribir otras cosas&#8221;.</p>
<p>Cuenta que le vino a la cabeza la historia de un hombre felizmente casado cuya mujer muere de forma misteriosa y su cuerpo nunca se encuentra. Cuatro años después el mismo hombre recibe un correo con un enlace en el que ve cómo una cámara sigue a su mujer en directo. Esa historia es <em>No se lo digas a nadie,</em> la novela que lanzó a Coben a las listas mundiales de superventas y cuya adaptación cinematográfica, de producción francesa, acaba de estrenarse en Estados Unidos. Aquélla no era una historia para Myron.</p>
<p>En la película Coben hace un <em>cameo.</em> Está satisfecho con la experiencia y comenta divertido que ayer mismo volvió a verla por vigésima vez. El pase fue en Ridgewood con sus amigos y vecinos. Dice que nunca ha pensado en escribir guiones. &#8220;En las películas trabaja mucha gente y a mí me gusta serlo todo: el actor, el director y el guionista. Además, esos tipos de Hollywood que escriben guiones con lo que sueñan es con hacer novelas, que es justo lo que yo hago&#8221;, comenta divertido. A pesar de todo, a Coben le gusta escribir diálogos. En sus libros son rápidos e ingeniosos y reconoce que no le importa que lo sean, incluso más que en la vida normal. &#8220;Si se puede, ¿por qué no hacerlo?&#8221;. Coben dice que en las palabras que sus personajes intercambian ha encontrado un filón para definirlos. &#8220;Los diálogos me parecen una de las mejores formas de desarrollar un personaje. La forma en la que uno habla, lo que uno dice en determinadas ocasiones, es muy revelador&#8221;.</p>
<p>Harlan Coben lo pasa bien escribiendo. Le gusta hacerlo por las mañanas, cuando sus cuatro hijos y su mujer, una pediatra, ya se han puesto en marcha. Normalmente acude a algún café o biblioteca del pueblo. &#8220;Soy un escritor de calle. En casa uno siempre encuentra algo mejor que hacer. También me dan arrebatos. Escribí las últimas 40 páginas de <em>El bosque</em> en un solo día&#8221;. Dice que lo suyo es el entretenimiento. &#8220;Yo escribo el tipo de libro que uno se llevaría para unas vacaciones. He trabajado en temas de turismo y me encanta pensar que con mis libros el lector prefiere quedarse en la habitación de un hotel para saber qué va a ocurrir en la siguiente página que bajar a cenar o ir a la playa&#8221;.</p>
<p>Apenas investiga o se documenta antes de escribir. A veces le basta con llamar al fiscal jefe de Nueva Jersey, un amigo de la infancia con quien jugaba al béisbol. &#8220;Le digo: &#8216;¿Si pasara esto o aquello, cómo sería el proceso?&#8217;. Él me lo aclara y ya está&#8221;, cuenta divertido. En otras ocasiones, para evitar errores ha optado por situar algunas de sus historias en un pueblo inexistente del norte de Nueva Jersey, así sus lectores y vecinos no le atosigan si se equivoca al situar una parada de autobús.</p>
<p>Coben recibe muchas cartas y correos. &#8220;El 99% son estupendas&#8221;, asegura. Dentro del 1% restante las que más le molestaron fueron las que recibió tras publicar <em>El bosque.</em> Le acusaban de haber copiado el caso de violación de un juicio real en el que se daban los mismos factores raciales. Le insultaban porque decían que tomaba partido por la muchacha negra y que tras su libro se escondía una serie de juicios políticos. Coben incluyó una nota en la edición de bolsillo explicando que el caso fue posterior a la novela y que lo suyo era todo ficción. &#8220;No soy un gran fan de los crímenes reales&#8221;, zanja. Tampoco mucho de la política, al menos, de forma abierta. En sus libros evita estos temas. No quiere que sus lectores le juzguen por sus ideas. A pesar de todo, al hablar del candidato demócrata Barack Obama, pierde la timidez. &#8220;Creo que es una situación maravillosa y un verdadero paso adelante. Obama representa un cambio verdadero&#8221;.</p>
<p>Como lector, Coben llegó al <em>thriller</em> de la mano de William Goldman. Él tenía 15 años y su padre le pasó <em>Marathon man.</em> No pudo soltarlo hasta que lo terminó. De ahí extrajo una de sus máximas: &#8220;Lo más importante es hacer un libro irresistible. Se trata de que cada frase atrape al lector según avanza la historia&#8221;, afirma convencido. Coben no guarda especial reverencia a los maestros del género. De hecho, piensa que hoy se está viviendo la verdadera edad de oro del <em>thriller.</em> &#8220;Nunca antes se había escrito tanto y tan bien&#8221;.</p>
<p>Harlan Coben viene de Newark, una ciudad deprimida y violenta, la misma en la que nació Philip Roth. &#8220;Él es mi escritor favorito de todos los tiempos, es una institución en sí mismo, y aunque ha estado lejos de Nueva Jersey desde hace mucho, <em>American Pastoral</em> es la novela que mejor explica aquello&#8221;. La otra cara de los amables suburbios del norte del Estado. Coben piensa que esa ciudad todavía está resentida por los disturbios y revueltas raciales de los sesenta. &#8220;De alguna manera nunca se ha recuperado de aquello y quizá esto sea en parte por su proximidad con Nueva York. Hay iniciativas que intentan cerrar esa herida y cambiar las cosas, pero es sólo un nenúfar en el pantano&#8221;. Mientras tanto, Coben mantiene su apuesta por los suburbios del norte. &#8220;El sueño americano es un sueño universal por prosperar. Intento que mis personajes sean gente corriente de la calle, gente que uno podría conocer. Me interesa el heroísmo cotidiano&#8221;, explica. ¿Ahuyenta así sus miedos? &#8220;Imagino que sí, pero en el fondo uno como padre tiene miedo todos los días, eso es algo inherente a tener hijos. Por eso juego con ello&#8221;. -</p>
<p><a href="http://www.elpais.com/articulo/semana/Postales/sangrientas/elpepuculbab/20080809elpbabese_4/Tes">http://www.elpais.com/articulo/semana/Postales/sangrientas/elpepuculbab/20080809elpbabese_4/Tes</a></div>
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		<title>Policiaco con esvástica (Babelia)</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Jan 2008 22:48:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dilmot</dc:creator>
				<category><![CDATA[Recortes de prensa]]></category>
		<category><![CDATA[Babelia]]></category>
		<category><![CDATA[El País]]></category>
		<category><![CDATA[Especial Philip Kerr]]></category>

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		<description><![CDATA[La novela de crímenes ambientada en la época del III Reich y la II Guerra Mundial se consolida como uno de los subgéneros más vitales del noire]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>La novela de crímenes ambientada en la época del III Reich y la II Guerra Mundial se consolida como uno de los subgéneros más vitales del <em>noire</em></strong></p>
<p><em>BABELIA (EL PAÍS) 12/01/2008. JACINTO ANTÓN.</em></p>
<div id="attachment_242" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><img class="size-medium wp-image-242" title="Fotograma_i_noche_generales_i_1967_Anatole_Lituak" src="http://serienegra.es/wp-content/uploads/Fotograma_i_noche_generales_i_1967_Anatole_Lituak-300x220.jpg" alt="Fotograma_i_noche_generales_i_1967_Anatole_Lituak" width="300" height="220" /><p class="wp-caption-text">Fotograma de La noche de los generales (1967), de Anatole Lituak- </p></div>
<p>No vamos a dejar de hacer justicia sólo porque estemos en guerra&#8221;. La frase del idealista mayor Grau, de la Wehrmacht, que investiga la muerte de una prostituta en la Varsovia ocupada por los nazis en <em>La noche de los generales,</em> puede servir como lema de un activo e interesantísimo subgénero de la novela policiaca que nos brinda continuamente excelentes autores y títulos: el de la historia de crímenes ambientada en los tiempos del III Reich y la II Guerra Mundial.<span id="more-241"></span></p>
<p>Fue ésa una época de grandes crímenes -toda la atrocidad de los nazis y su maquinaria bélica y genocida-, pero en la que no dejaron de producirse, por supuesto, esos otros crímenes, uno está tentado de decir con minúscula, como si hubiera diferencia, más allá del número de víctimas, entre arrasar Lidice o asesinar vilmente a una ramera polaca y pudiera establecerse una categoría, una escala moral.</p>
<p>Grau (Omar Sharif en la espléndida película que hizo Litvak en 1967 de <em>La noche de los generales,</em> de Hans Hellmunt Kirst, editada en su día por Planeta) no tiene la menor duda al respecto y cree que incluso en el marco de la más gigantesca carnicería que el mundo ha visto y desde las sombras del régimen de mayor crueldad, corrupción e inmoralidad se puede, y se debe, tratar de hacer justicia.</p>
<p>Así le va en su enfrentamiento con el psicópata general y <em>serienkiller</em> Tanz (Peter O&#8217;Toole), a la sazón guerrero favorito de Hitler y comandante de la SS Panzerdivision Nibelungen, al que le parece ridículo que alguien le persiga por un quítame allá esa prostituta con lo que está cayendo (él mismo arrasa media Varsovia y no pasa nada). Esa doble moral, esa perversión de la justicia que imprimen la guerra y el totalitarismo y que parece liquidar la honestidad y la decencia de los hombres -¿qué sentido tiene investigar un crimen en medio de la general barbarie?-, es el meollo mismo, el mecanismo que anima este subgénero del, digamos, policiaco con esvástica o <em>negro-feldgrau</em> (por el gris de los uniformes alemanes) y le proporciona una especial emotividad e interés.</p>
<p>Todos los investigadores, de oficio, espontáneos o a la fuerza, que aparecen en las novelas del subgénero, sean cándidamente idealistas como el mayor Grau (¡que trata de arrestar a Tanz en su cuartel general rodeado de tanques Tiger!), honestos de una pieza como el subinspector Jan Morava de la brigada criminal de Praga <em>(La hora estelar de los asesinos,</em> de Pavel Kohout, Alianza), curtidos, cínicos y baqueteados detectives privados como el Bernhard Gunther de las novelas de Philip Kerr (la tetralogía <em>Berlin Noire,</em> RBA), un Marlowe ex Kriminalinspektor de la Kripo, que despierta a menudo, según propia confesión, con &#8220;un sabor de bragas de puta en la boca&#8221; -con perdón-, o refinados y pesimistas aristócratas como el coronel Martin von Bora, de las novelas de Ben Pastor (editadas por Salamandra), que luce la Cruz de Caballero con Hojas de Roble y tocaba Bach al piano como nadie hasta que los partisanos italianos le volaron una mano, sufren en sus carnes esa esquizofrenia de cumplir con un deber moral que parece bastante inútil mientras todo se va al carajo.</p>
<p>O ya se ha ido. El amigo Gunther -uno de esos carácteres inolvidables que a veces nos regala la novela policiaca, un tipo sensible y honesto envuelto en la necesaria rudeza para sobrevivir en su profesión: veterano de guerra y ex policía, trabaja por libre buscando desaparecidos, un trabajo al alza en el III Reich, pero le adscriben ocasionalmente a la Kripo y las SS, bajo mando directo de los pavorosos Heydrich, Müller o Eichmann, que ya es destino-, Gunther, decíamos, tratará de resolver casos criminales en el III Reich (en <em>Violetas de marzo</em> y <em>Pálido criminal -</em>asesinato ritual de jovencitas arias-), pero también después, en las ruinas de Berlín, Múnich y Viena, siempre en historias en conexión con el pasado nazi <em>(Un réquiem alemán </em>y Unos por otros). <em>Unos por otros</em> es la última novela de la tetralogía, aunque para 2008, Dios sea loado, se anuncia una quinta novela de Gunther: <em>A quiet flame.</em></p>
<p>La proyección en la inmediata posguerra se da también en dos novelas estupendas que transcurren en un Berlín devastado en el que la moral vale lo que unas medias de seda: <em>El buen alemán </em>(RBA), de Joseph Kanon, de la que se rodó la insuficiente película de Soderbergh, con George Clooney y Cate Blanchett (hicieron desaparecer al magnífico personaje de Liz, la deslenguada fotógrafa estadounidense de la novela), y <em>Berlín 1945</em> (RBA), de Pierre Frei.</p>
<p>En la primera, el periodista Jake Geismar, que viaja a la ciudad para cubrir la Conferencia de Potsdam, aunque más interesado en encontrar el rastro de una antigua amante alemana se ve inmerso, al descubrir casualmente un cadáver, en una trama criminal cuyo trasfondo es la lucha de las potencias por hacerse con los desalmados expertos en cohetería nazis, la gente de Peenemünde. Entre los personajes, un secundario destacable: el detective retirado berlinés Gunther Behn (¿un homenaje a Kerr?).</p>
<p>En el mismo escenario, <em>Berlín 1945</em> (RBA), de Frei, presenta la historia de un asesino en serie de mujeres. El relato está estructurado de manera fascinante: se nos cuenta la vida de cada una de las asesinadas, auténticos microcosmos que arrojan una panorámica excepcional de la existencia bajo el III Reich: la esposa de un comandante de campo de exterminio, la madre con un hijo retrasado que cae en las garras de los demoniacos apóstoles de la eugenesia, una aristócrata, una actriz&#8230; La investigación para cazar al escurridizo psicópata la conducen el inspector berlinés Klaus Dietrich, veterano de guerra, junto a un oficial de la Policía Militar estadounidense, el sargento Donovan. De nuevo, tienen que hacer frente a la dormida sensibilidad ante los crímenes de una población embotada y saturada por tanto horror vivido.</p>
<p>La combinación de parejas de investigadores o policías de países diferentes, a veces antiguos enemigos, una dicotomía que da mucho juego, aparece en otras novelas del subgénero. En varias de las tan emocionantes de Martin Bora -un personaje inolvidable, humano y valiente, inspirado en Von Stauffenberg y que no duda en enfrentarse a las SS desde que choca con los Einzatgruppen en Polonia- , como las dos publicadas en España, <em>Kaputt Mundi</em> y <em>Luna mentirosa, </em>le vemos en compañía del inspector italiano Sandro Guidi. Y en la sensacional <em>La hora estelar de los asesinos </em>(Alianza), de Pavel Kohout, seguramente la más ambiciosa novela de esta categoría, con una enorme dimensión política, la persecución del asesino en serie de viudas, Rypol, la llevan a cabo, en la caótica Praga del final del dominio nazi, el subinspector checo Morava y el agente de la Gestapo Buback (de escalofriante destino). Es difícil elogiar suficientemente esta novela apasionante y densa, de complejas proyecciones morales y que desborda violencia y traición pero contiene asimismo una hermosa doble historia de amor.</p>
<p>Historias de amor también, limpia y adolescente en un caso, adúltera en el otro, son las que están en el centro de otras dos buenísimas novelas policiacas con nazis. <em>Los fantasmas de Christopher</em> (Alea), del gran Charles McCarry, y <em>El corresponsal </em>(Seix Barral), del no menos grande Alan Furst. En la primera, McCarry, que trabajó para la CIA de 1958 a 1967, se remonta a la juventud de Paul Christopher, su agente protagonista de numerosas novelas, para narrar una fascinante historia en dos tiempos, en la Alemania nazi de antes de la guerra y en la de la guerra fría, en la que juega un papel decisivo un sádico mayor de las SS al servicio de la policía del Reich. En la novela no faltan detalles de esos que dan credibilidad al relato de género, como que para volver a armar una Makarov, desmontada la pistola, tiene que estar amartillada pues si no la corredera no encaja con el armazón. Es interesante que uno de los personajes del relato sea Heydrich, viejo conocido del herr Gunther de Kerr. Y es que el temible y rijoso Obergruppenführer jefe de los servicios de seguridad del Reich da mucho de sí. La ventaja de ambientar novelas en el III Reich es que puedes poner secundarios de lujo (Kerr hace salir también a Himmler, a Goering y su león <em>Mucki</em> y hasta a Otto Rahn; Ben Pastor, a Kapler, Wolff, Kesselring y Dollmann). En la novela de Furst, el asesinato en París en 1938 de un líder de la resistencia antifascista italiana exiliado lanza al protagonista, el corresponsal Carlo Weisz, a una serie de arriesgadas misiones que le llevan al frente del Ebro en España y a la peligrosa Berlín nazi. Alan Furst es un especialista en pintar la atmósfera de la clandestinidad en la II Guerra Mundial con sus novelas negras de espionaje, como <em>El oficial polaco</em> o <em>Un oscuro viaje.</em></p>
<p>Una buenísima novela de crímenes en la época, aunque ambientada en un escenario diferente, el Londres del Blitz, es <em>A oscuras,</em> de John Lawton (RBA). El sargento detective Troy deberá esclarecer el brutal asesinato de un hombre entre las ruinas de la ciudad bombardeada por la Luftwaffe. Escenario inusual es también el frente de Leningrado en 1943, en el que transcurre la espléndida novela -¡no se la pierdan!- de Ignacio del Valle <em>El tiempo de los emperadores extraños</em> (Alfaguara), con un sargento y un soldado de la División Azul investigando un asesinato de connotaciones masónicas en el contingente español. Otra novela muy recomendable es <em>Sólo una muerte en Lisboa</em> (RBA), de Robert Wilson,con un viejo oficial de las SS y un detective portugués involucrados en una antigua historia de corrupción y crimen que arranca en los días del nazismo. Un destino aún más exótico es Manchuria, donde está ambientada la entretenidísima <em>La guarida del tigre,</em> de Brent Ferguson (Militaria), en la que la OSS inflitra un agente en un centro secreto japonés de guerra bacteriológica al que ha llegado también un oficial nazi con un bombardero de largo alcance&#8230;</p>
<p>No deberíamos olvidar a un último policía alemán que investiga una serie de asesinatos en el Berlín nazi en&#8230; 1964. Se trata del detective March de las SS y la novela es por supuesto la célebre ucronía llevada al cine <em>Patría </em>(Debolsillo), de Robert Harris. Empezamos estas líneas con un investigador alemán honesto y las terminamos con otro. A ambos, como es lógico, les van las cosas muy mal.</p>
<p><a href="http://www.elpais.com/articulo/semana/Policiaco/esvastica/elpepuculbab/20080112elpbabese_6/Tes" target="_blank">http://www.elpais.com/articulo/semana/Policiaco/esvastica/elpepuculbab/20080112elpbabese_6/Tes</a></p>
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		<title>La estupidez de la especie (Babelia)</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Oct 2004 18:45:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dilmot</dc:creator>
				<category><![CDATA[Críticas]]></category>
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		<description><![CDATA[BABELIA. JUSTO NAVARRO. 09/10/2004
Un cóctel de perversión, tortura, desgracias familiares, sangre, muerte y torpes azares compone con ingenio esta última novela de serie de los detectives Kenzie y Gennaro. Dennis Lehane abandonaría a los avispados ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>BABELIA. JUSTO NAVARRO. 09/10/2004</em></p>
<p><strong>Un cóctel de perversión, tortura, desgracias familiares, sangre, muerte y torpes azares compone con ingenio esta última novela de serie de los detectives Kenzie y Gennaro. Dennis Lehane abandonaría a los avispados investigadores para entregarse con éxito a </strong><em><strong>Mystic River.</strong></em></p>
<p>Aquí el asesino manipula el azar, la suerte, la mala suerte. Sufre un fatal accidente de tráfico el novio de la víctima y la víctima pierde el trabajo, el piso y el coche, Karen, inocente, de buena dentadura y buena familia. Se deprime, recibe fotos de su novio con otra, es violada. Bebe y se droga y cae en la prostitución. Se tira desde una torre. ¿Qué Dios le ha destrozado la vida? Es el caso que investigan dos detectives privados de Boston, Patrick Kenzie y Angela Gennaro, descendientes de irlandeses e italianos, y su amigo Bubba, polaco, antiguo mercenario en los Balcanes y Beirut, tratante de armas, tierno, monstruoso y brutal. Son los héroes de <em>Plegarias en la noche (Prayers for rain,</em> 1999), del bostoniano Dennis Lehane, célebre por <em>Mystic River.</em></p>
<p><!-- ***** Fin Info Complementaria ***** --> <!-- ***** Cuerpo ***** --> <!-- google_ad_section_start() --> <!-- Info complementaria --></p>
<div><!-- ************* Tabla **************** --> <!-- ************* Fin Tabla **************** --> <!-- ************* Destacados **************** --> <!-- ************* Fin Destacados **************** --> <!-- ************* El dato **************** --> <!-- ************* Fin El dato **************** --> <!-- ************* La cifra **************** --> <!-- ************* Fin La cifra **************** --> <!-- ************* La frase **************** --> <!-- ************* Fin La frase **************** --> <!-- ************* Las claves **************** --> <!-- ************* Fin Las claves **************** --></div>
<p>Los detectives de Lehane son católicos. Con abnegación y sentido del deber intervienen teléfonos, pisotean caras, parten un tobillo y oímos crujir el hueso, tirotean un edificio hasta hacerlo polvo, meten miedo y cumplen sus amenazas. Desentrañan secretos de familias tenebrosas, tremebundas. Escarban en el pasado, porque el pasado es vengativo, y las nuevas culpas son hijas de las viejas. Dos amigos, militares, toman cerveza en la terraza antes de que uno le pegue un tiro a otro para después dispararse a sí mismo mientras mira a la niña de la casa. La violencia fraternal estalla así, de pronto, y se lleva todo recuerdo y todo futuro. El matrimonio entraña traición, y padres e hijos están unidos por irrompibles lazos de sangre.</p>
<p>Una chiquilla se ahoga en un estanque, y su hermano mira, genio infantil, campeón nacional de ajedrez a los nueve años. El padre culpará al campeón, que intentará matar al padre con un cuchillo de cocina. No es suficiente horror: aparecen más padres, más hijos, más militares, el hijo de un coronel especialista en psicotortura y una madre psicológicamente torturada que un día se abre las venas en el cuarto de estar. Al detective su padre lo ataba y lo quemaba con una plancha, dolor doméstico. Dennis Lehane escribe intrigas de terror criminal, bestial, familiar, y apela al resentimiento de sus pobres lectores: el violador sometido a tormento tenía la prepotencia que sólo da la riqueza heredada, maldito sea. Los personajes tejen la historia, caracterizados por el coche que usan, la ropa, el mobiliario o el aspecto marchito de la limpiadora de la casa.</p>
<h4>Incluso los personajes más</h4>
<p>fugaces están construidos con atención y habilidad: un ladrón de cajas fuertes adicto a la cerveza y a la fuga, una áspera inspectora, el hotelero que ganó su motel como indemnización por caerse a la piscina vacía y perder las piernas, el gánster que te invita a la barbacoa de los sábados para decirte que le cortará la cabeza a tu mejor amigo y te la mandará por correo. Lehane pone un cuidado especial en sus médicos, de una perversidad admirable, un cardiólogo y una psiquiatra, puro sadismo profesional. Cuando se juntan Angela y Patrick, detectives enamorados, al estupendo suspense melodramático se añade la comedia, la telecomedia, con citas de los hermanos Marx, entre brazos a los que acaban de amputar las manos, y ciénagas y más cadáveres en el río Místico, antes de que alguien reciba un paquete con un dedo de su hijo. La estupidez de la especie es patética, dice el detective católico, el narrador.</p>
<p>El motor de la investigación no es el dinero, sino el remordimiento: Patrick Kenzie no atendió la llamada de socorro de la víctima Karen porque estaba de vacaciones sexuales con una abogada. Ahora, confiando poco en los funcionarios de la ley (no se puede conceder a los asesinos la tregua de un juicio, decía otro detective vengador, Mike Hammer), Kenzie quiere hacer justicia. Pero pagará su pecado pendiente, la llamada no atendida. A la abogada le envenenarán el perro, le romperán la nariz con la puerta de un café, le fallará el despertador y llegará una hora tarde a un juicio vital, casualidades y mala suerte. Dos litros de sangre le costará a Kenzie la aventura, que también le deja grandes satisfacciones. <em>Plegarias en la noche</em> fue la quinta y última novela de la serie de Kenzie y Gennaro, interrumpida por la triunfal <em>Mystic River.</em></p>
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		<title>Bajo el signo del río (Babelia)</title>
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		<pubDate>Sat, 13 Dec 2003 18:37:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>dilmot</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Mystic River]]></category>

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		<description><![CDATA[BABELIA. 13/12/2003. JUSTO NAVARRO
El asesinato de una joven vuelve a reunir a tres amigos de la infancia unidos fatalmente por el secuestro de uno de ellos treinta años atrás. La tragedia y el destino discurren ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>BABELIA. 13/12/2003. JUSTO NAVARRO</p>
<p>El asesinato de una joven vuelve a reunir a tres amigos de la infancia unidos fatalmente por el secuestro de uno de ellos treinta años atrás. La tragedia y el destino discurren sobre un tiempo incesante y fijo en  Mystic River, la novela de Dennis Lehane que ha inspirado la película del mismo título dirigida por Clint Eastwood.</p>
<p>Matan a una muchacha de 19 años detrás de la pantalla de un autocine abandonado. La persiguen por el parque, le pegan con un palo, le dan un tiro en la nuca, una noche del año 2000, y la investigación es difícil: la lluvia dejó pocas huellas. La policía descarta los motivos habituales, el dinero, el amor y el odio, aunque parece que la víctima conocía al asesino. Y, un día de 1975, dos degenerados se hacen pasar por policías y se llevan a un niño en un coche que huele a manzana. Sobre estas dos alteraciones del mundo normal transcurre Mystic River (2001), la novela de Dennis Lehane que Clint Eastwood ha convertido en película.</p>
<p>El lugar es Buckingham, ciudad imaginaria que podría estar por donde cae Boston, y los personajes del secuestro y el asesinato son los mismos, unidos fatalmente al cabo del tiempo. Los dos niños que vieron secuestrar a su amigo son ahora un comerciante y un policía. El comerciante robó en la juventud, conoció la cárcel, se reformó por amor a su hija, y es sobrio, recto y trabajador: dedica a su familia y su negocio la extraordinaria inteligencia que le permitía desactivar alarmas y desvalijar joyerías antes de cumplir la edad para beber en público. Su hija primogénita ha sido asesinada. El policía que lleva el caso fue infantil compañero de juegos, pero anclado en la otra cara de la sociedad local, partida en dos barrios, la Colina y las Marismas (the Point and the Flats, en el original), es decir, colegios privados y familias que rezan y votan unidas, frente a escuelas públicas y divorcios y desprecio por las instituciones.</p>
<p>Hay un tercer amigo de la infancia: el niño robado, que escapó de los depredadores y creció, hombre inseguro, sin trabajo fijo, buen padre. Provoca un sentimiento desagradable: lástima. Es el gran sospechoso del crimen del autocine: aquella noche llegó a su casa ensangrentado y herido en una mano. Destruyó la ropa manchada y ahora cuenta tres versiones distintas de cómo se hizo daño. Tiene secretos, la mente sucia: la memoria le duele. Sobre él pesa toda la gravedad de esta historia, que corre bajo el signo del río, el pantanoso río Mystic. El río fluye para que permanezca lo que yace inamovible en las profundidades: el verdadero tiempo incesante, fijo, como un muerto lastrado; el tiempo de las cosas que uno hizo o sufrió y no puede quitarse de la cabeza.<br />
Dennis Lehane es autor de media docena de novelas protagonizadas por los detectives privados Angie Gennaro y Patrick Kenzie, pero Mystic River es una novela fuera de la serie, excepcional en su género (y es buena, cuidadosa, la traducción de Maria Via). La trama agudiza siempre el paradójico deseo, propio de los lectores de intrigas policiales, de saber qué pasará en la próxima página para averiguar por fin lo que pasó. El asunto de Mystic River es el destino, la fatalidad del tiempo, lo trágico, es decir, el irremediable fracaso humano, seas vengador, representante de la justicia, inocente o culpable. Vence el que decide que su voluntad y sus creencias son la verdad incontrovertible, aunque la sepa falsa. Es el momento en el que el padre vengador se reconoce malo ante el espejo, mientras se afeita, y se acepta, rey de su mundo, más allá de la culpa incurable.</p>
<p><a href="http://www.elpais.com/articulo/narrativa/signo/rio/elpepuculbab/20031213elpbabnar_6/Tes" target="_blank">http://www.elpais.com/articulo/narrativa/signo/rio/elpepuculbab/20031213elpbabnar_6/Tes</a></p>
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