El singular caso de la educación criminal argentina (parte I)
Si Argentina dispone de un envidiable fondo de género negro anglosajón no se debe a la labor de editores al uso, sino a la intercesión de dos de sus mayores glorias literarias contemporáneas, quienes a su vez flirtearon con el género de formas nada ortodoxas. Nos referimos a Jorge Luis Borges y Ricardo Piglia.
Dotado él mismo de un intelecto casi sobrehumano, el autor de El Aleph fue un rendido admirador del método deductivo representado por el detective inglés. Por el contrario, detestaba la tosquedad y barbarización que le inspiraban los escritores negrocriminales americanos. La suciedad y la sangre que desprendía el hard-boiled eran demasiado para alguien criado por niñeras y colegios suizos. Si uno tiene en la cabeza algo tan silencioso y ordenado como una biblioteca no se siente a gusto manchándose las manos y pateando las calles. Tampoco soportaba Borges el “polar” que tenía en Simenon, Leroux o Leblanc y en las sensacionalistas portadas de la editorial Tor sus puntas de lanza. Chillón y tosco en exceso, ni rastro de las delicadas “manners” inglesas.
Del amor pues por la célula gris enfundada en la Unión Jack partió la idea de dirigir para el sello Emecé y junto a su amigo Bioy Casares –quien más tarde se adjudicó la iniciativa- la colección policíaca “El séptimo círculo” (allá donde Dante envió a los más violentos rufianes). Que la orientación era racionalista quedaba claro a través de dos elementos gráficos: un caballo de ajedrez como emblema y los habituales dibujos a lo Kandinsky de José Bonomi.
Fue inaugurada en 1945 con La bestia debe morir de Nicholas Blake (¿sabían que este era el seudónimo del poeta Cecil Day Lewis, padre del actor Daniel Day Lewis?), pese a la resistencia de los amos que no veían claro el rendimiento comercial. El dúo estuvo implicado hasta mediados de los 60 en la selección de los 120 primeras obras, llegando en algunos casos a redactar las contracubiertas, y consiguiendo una espectacular tirada media de 14.000 ejemplares. La colección perduró hasta 1983, aunque pervirtió las normas de etiqueta de sus fundadores al permitir la entrada de morbosos yanquis como Ross McDonald o James Hadley Chase e incluso de algún que otro título de género fantástico, desatender las traducciones y optar por una estética feista.
Borges se quedó con las ganas de incluir a su idolatrado Chesterton por una cuestión de derechos y coincidiría con Casares en que La torre y la muerte de Michael Innes fue de lo mejorcito que publicaron. Con algo de paciencia y disposición a rascarse el bolsillo, el lector pueden encontrar primeras ediciones en algunas librerías de viejo bonaerenses, pero muchos de sus títulos se hallan diseminados por diversas editoriales españolas (aquí una selección de los posiblemente más queridos por la pareja para focalizar el rastreo):
http://www.borgesdebioycasares.com.ar/images/03_bioy.pdf
Por último, recordar cómo el conocimiento enciclopédico y la pasión por el género negro de Borges y Bioy los condujo a crear al escritor Honorio Bustos Domecq, un polígrafo e Inspector de Enseñanza, que recibió su nombre a partir de los apellidos de dos bisabuelos de sus creadores y firmó dos obras detectivescas: Seis problemas para Don Isidro Padori y Crónicas de Bustos Domecq. Deformación grotesca del sabueso lógico que tanto admiraban ambos, Isidro Padori (que bien podrá haberse llamado Parodico) es capaz de resolver cualquier crimen sin salir de la celda en la que permanece preso de forma injusta, exponiendo sus argumentos con un floritura de lo más pedante.
(Continuará…)







(Barcelona, 1974). Es licenciado en Ciencias de la Información por la Universitat Autònoma de Barcelona. Cursó un doctorado en Literatura Comparada en la Universitat Pompeu Fabra y realizó prácticas en la revista "Quimera" y en el diario "La Vanguardia". Desde 1997 fue responsable de secciones de la revista "Qué Leer", donde además realiza entrevistas, escribe reportajes y ejerce la crítica literaria. Tiene un apartado de recomendaciones literarias en el Magazine de La Vanguardia y colabora con el suplemento "Cultura/s". Asimismo, es autor de diversos libros infantiles.


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