El singular caso de la educación criminal argentina (parte II)
Si como leíamos en la anterior entrega, Argentina debe agradecer a Borges una parte sustancial de su acceso a los clásicos británicos de género negro, la expansión de sus homónimos americanos recayó con fuerza sobre las espaldas de Ricardo Piglia. Su idilio con las letras estadounidenses en general, ha confesado, surgió de entenderla como “la última que conserva todas las exigencias de una literatura experimental, atenta a la construcción y que, al tiempo que posee esta gran conciencia artística, resulta muy popular”. Leyendo a Hemingway y Faulkner el autor de Respiración artificial desembocó en Hammett y Chandler, y de aquí a que en 1968 comenzara a dirigir para un modesto sello llamado Tiempo Contemporáneo la primera colección de narrativa americana policíaca con una línea editorial coherente y traducciones de calidad. Para crear “Serie Negra” Piglia ha contado que recibía cajas y cajas de libros en su domicilio, y que se pasó meses y meses devorándolos con una media de treinta por cada uno que respondía al nivel de exigencia que se había marcado.“Pronto extraje la siguiente conclusión: por lo general las primeras 30 páginas de las novelas de crímenes son buenas, porque trabajan con un procedimiento, despliegan una presentación atractiva del mundo del relato, cuidan el escenario… pero cuando la trama empieza a anudarse es donde se la juegan y la mayoría cae en barrena”.
Personalmente, leer sus disertaciones sobre el género negro me produce tanto placer como abrir sus ficciones. Por ejemplo, cuando sostiene que uno siempre narra un viaje o una investigación: “Quizás el primer narrador que hubo fue un miembro de la tribu que subió a una montaña y contó que del otro lado se hacían tales ritos, aunque también pudo ser un brujo, que tomó unos signos, huellas de pájaros sobre la arena, y sobre ellos construyó el relato del futuro”.
Puesto que Piglia asocia la pulsión narrativa con una investigación, con la “labor de descifrar e interpretar el mundo como texto”, en sus relatos y novelas ha jugado formalmente con el género negro de una manera muy estimulante. Así, Emilio Renzi, recurrente protagonista de sus libros, funciona por sistema como “alguien intrigado por alguien”, el observador en la sombra de una enigmática y heroica figura a la que intenta extraerle sentido, al modo de Nick para Gatsby o Marlow para Kurtz. Plata quemada, una non fiction novel sobre un atraco real a un banco bonaerense en 1965, supuso su incursión más a cara descubierta en la materia que le apasiona, si bien plenamente sui generis: sostenida en una sinfonía de registros (policiales, periodísticos, psiquiátricos, monólogo interior, jerga..), se la planteó como el desafío de “emplear los instrumentos de una técnica narrativa experimental para explicar una historia popular”.
Lo mejor para el final: si quiere saber cuál es el único enigma que nunca resuelven las novelas negras acuda al ensayo corto “Sobre el género policial”, reunido en el excepcional Crítica y ficción (Anagrama).







(Barcelona, 1974). Es licenciado en Ciencias de la Información por la Universitat Autònoma de Barcelona. Cursó un doctorado en Literatura Comparada en la Universitat Pompeu Fabra y realizó prácticas en la revista "Quimera" y en el diario "La Vanguardia". Desde 1997 fue responsable de secciones de la revista "Qué Leer", donde además realiza entrevistas, escribe reportajes y ejerce la crítica literaria. Tiene un apartado de recomendaciones literarias en el Magazine de La Vanguardia y colabora con el suplemento "Cultura/s". Asimismo, es autor de diversos libros infantiles.

