El club que prohibía los chinos misteriosos, las revelaciones divinas y la intuición femenina

Es sabido que a los británicos con un cierto poder adquisitivo siempre les ha pirrado fundar clubs, una forma distinguida de socializar entre efluvios de malta y habanos, de agudizar el ingenio en conversaciones cargadas de ironía y flema con óleos antiguos y tapicerías de cuero como testigos silenciosos. En 1929, mientras una hecatombe financiera se cernía sobre América y Europa, un grupo de sus más selectos escritores de novela detectivesca se divertía inaugurando uno que tenía un poco de control de calidad y otro tanto de fanfarria masónica. Reflejo del carácter esnob de este tipo de creaciones, el bautizado como Detection Club, ideado por Anthony Berkeley y Dorothy L. Sayers, sólo estaba abierto a autores de perfil ortodoxo, es decir, con un sabueso como Dios manda, y de un cierto laurel. Se accedía rigurosamente por invitación y con un mínimo de dos avaladores. Dado que en teoría la misión de los miembros era unir fuerzas para garantizar la calidad de la ficción detectivesca, en un momento en que el thriller y el hard-boiled comenzaban a amenazar el reinado del intelecto como gran rector del género, el candidato debía de someterse a una ceremonia de iniciación en la que se comprometía a cumplir con un severo código deontológico.
Una procesión con velas abría un acto que era oficiado por el presidente del club debidamente provisto de vistosos ropajes. Posando la mano sobre una calavera llamada Eric, el opositor juraba honrar “el inglés del Rey”; no ocultar jamás una pista relevante al lector, no trampear con “revelaciones divinas, intuiciones femeninas, coincidencias, conjuros, embustes, ni intervenciones sobrenaturales; y observar moderación “en el uso de bandas de delincuentes, rayos mortíferos, fantasmas y demás espectros, chinos misteriosos y no menos misteriosos venenos, desconocidos para la ciencia”.
El Detection Club escogió a G.K. Chesterton como primer presidente, cargo que ocupó Agatha Christie entre 1958 y 1976. Pese a las loables intenciones detrás de sus leyes no escritas, a imagen y semejanza del resto de sus pares su verdadero propósito se escoraba hacia la distensión y el estómago. El sentido último radicaba en charlar y echar unas risas, en ponerse al día sobre los trabajos mutuos y ocasionalmente en brindar consejos técnicos, durante el transcurso de opíparas cenas en lujosos restaurantes londinenses. Ello no impidió que alguno de sus miembros escribieran novelas colectivas y aportaran relatos para colecciones, que con frecuencia se emitían por la BBC y se publicaban en revistas antes de acabar en formato de libro.
Curiosamente, el Detection Club continúa vivo, si bien sus normas se han relajado mucho y su plantilla no la conforma el grueso de la actual élite anglosajona (todo y contar con figuras como Ian Rankin o Ian Rankin), lo que le resta visibilidad y desnaturaliza la valiosa reliquia de la que procede. Pruebas del declive son que hoy preside el inglés Simon Brett, creador de dos sabuesos amateurs de escasa proyección internacional (un actor dipsómano (Charles Paris) y una viuda de turbio pasado (Mrs. Pargeter)), y que se continúan publicando obras bajo su paraguas de las que nadie ha oído hablar(la última en 2006: The Veredict of Us All). Eso sí, los afiliados siguen comiendo de fábula mientras hablan distendidamente de sus respectivos cadáveres con el orgullo del abuelo primerizo. En este aspecto, la esencia del club no ha traicionado a sus orígenes.






(Barcelona, 1974). Es licenciado en Ciencias de la Información por la Universitat Autònoma de Barcelona. Cursó un doctorado en Literatura Comparada en la Universitat Pompeu Fabra y realizó prácticas en la revista "Quimera" y en el diario "La Vanguardia". Desde 1997 fue responsable de secciones de la revista "Qué Leer", donde además realiza entrevistas, escribe reportajes y ejerce la crítica literaria. Tiene un apartado de recomendaciones literarias en el Magazine de La Vanguardia y colabora con el suplemento "Cultura/s". Asimismo, es autor de diversos libros infantiles.

