Blog de la Editora

Cuentos chinos (1ª parte)

31/08/2010
Warner Oland como Charlie Chan

Warner Oland como Charlie Chan

Earl Derr Biggers, nacido en un pueblo de Ohio en 1884 y compañero de estudios de T.S. Eliot en Harvard, se encontraba en la New York Public Library una mañana de 1924 cuando cayó en sus manos un artículo que le cambiaría la vida. Al contrario que el autor de La tierra baldía, Biggers no había encontrado aún su norte literario y ahí, frente a sus ojos, se le apareció de golpe la brújula con un nombre tan improbable como el de Chang Apana. Nacido en Hawai de padres chinos, Apana había superado los recelos que causaban sus rasgos y el hecho de ser prácticamente analfabeto para ir escalando en el departamento de policía de Honolulu hasta convertirse en su detective estrella. Una agilidad asombrosa para atrapar a malhechores y un apego fiel a un sombrero de cowboy y un látigo lo acercaban a un superhéroe exótico.
Al crear a su sabueso Charlie Chan, Earl Derr Biggers apenas conservó de Apana sus raíces y su puesto de trabajo en Honolulu. Lo imaginó gordo y con andares femeninos, humilde y estoico, observador y lógico, y le brindó una meteórica celebridad internacional. Lo mandó a resolver entuertos a París, Panamá, Río de Janeiro… asistido en ocasiones por sus hijos (más un incordio que otra cosa), y lo aficionó a soltar proverbios de la mañana a la noche.
Chan debutó como secundario en 1925 en The House Without A Key, pero se apoderó de la función en las siguientes cinco novelas de Biggers. El personaje saltó al celuloide hasta protagonizar casi medio centenar de películas y de ahí a la radio, a la televisión (Hannah Barbera le dedicó una serie de animación en los 70) y a los cómics. Pero esta es únicamente la mitad de la historia, digamos el 50% al que le da el sol.
Pese a que Biggers había concebido a Chan como un correctivo a la imagen del “Peligro Amarillo” con el que una buena parte de sus compatriotas identificaba a los chinos, sentir atribuible en una generosa medida al personaje de Fu Manchu creado por Sax Rohmer en 1913, muchas voces se levantaron contra lo que consideraron una muestra intolerable de racismo. El sector crítico veía en Charlie Chan a un individuo bovino, asexuado, de un servilismo repugnante y que destrozaba la lengua inglesa a base de máximas que habrían sonrojado hasta al facturador en serie de mensajes de las galletas de la suerte..
No faltaron quienes salieron en defensa del personaje aduciendo que sus astucia y simpatía contribuían decisivamente a acelerar la integración de la comunidad china asentada en América. La popular escritora de misterio Ellery Queen llegó a alabar la labor de Chan “al servicio de la humanidad y de las relaciones interraciales”.
Una de las paradojas más graciosas que deparó todo esta polémica es que las películas sobre el personaje no triunfaron en China hasta que el papel principal no recayó en un occidental necesitado de una fuerte caracterización. En efecto, mientras fueron japoneses y coreanos los que se metieron en la piel de Chan, su patria le dio la espalda. Tuvo que llegar el actor sueco con antecedentes mongoles Warner Oland para que sus casos se convirtieran en las películas americanas de mayor recaudación en el gigante asiático durante los años 30. Otra ironía es que el truco que permitió al dipsómano Oland “apoderarse” como nadie del personaje en 16 largometrajes –consistente en echar un trago que le ponía la voz pastosa y le dibujaba una sonrisa bobalicona en el rostro- fue el mismo que lo envió prematuramente a la muerte. Los americanos Sydney Toler y Roland Winters heredarían sucesivamente al detective de Honlulu, participando en 22 y 6 films respectivamente.
Además de poder agenciarse la mayoría de ellos en DVD´s de importación y a la espera de que Molino o Bruguera se animen a reeditar las novelas, uno puede conocer la vida y milagros de este inspector de ojos rasgados leyendo: Charlie Chan: The Untold Story of the Honorable Detective ands His Rendezvous With American History (Norton) de Yunte Huang, un chino asentado en Estados Unidos. Cuenta el autor que cuando se reunió con un gran sello editorial de su país para proponerles traducir su propio libro al mandarín obtuvo la siguiente respuesta: “Muchas gracias, pero actualmente estamos más interesados en Fu Manchu”.

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