Lo leo muy negro
El relleno elástico de una pelota de golf
12/02/2010 - Sin comentarios
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Robert Louis Stevenson

Ian Rankin tiene entre las mayores especialidades de su conversación la figura de su compatriota Robert Louis Stevenson. Durante una visita a Edimburgo con motivo del lanzamiento por RBA de Black&Blue recuerdo que comentó que, tras entregar a sus editores ingleses el manuscrito de Doctor Jekyll y Mr Hyde, estos le obligaron por motivos comerciales a poner la palabra “Londres” allá donde se leía “Edimburgo”. El despropósito fue total ya que, cualquiera que hubiera pasado cinco minutos en la capital escocesa, reconocía de inmediato su retorcido y lúgubre entramado callejero. Stevenson, además, quedó a los ojos de los suyos como un secuaz de la Pérfida Albión. Estas prácticas, por cierto, han llegado hasta hoy, pues John Connolly comentaba cómo cualquier mención a Irlanda en el título de un libro es eliminada de cara a su comercialización en Inglaterra. Un ejemplo reciente era el de una novela que recomendaba con entusiasmo, The Ghosts of Belfast de Stuart Neville (que Plata publicará próximamente), rebautizada The Twelve.

Pero volviendo a Stevenson, señalaba Rankin en su último día en Barcelona una curiosidad biográfica del maestro que daba alas a cuantos psicólogos sitúan en la infancia el punto omega de nuestra personalidad y evolución. Resulta que el escritor fue un niño de salud muy frágil que requirió de las constantes atenciones de una niñera. Esta solía entretenerlo contándole historias sobre William Brodie, un político y artesano de finales del siglo XVIII que, de noche, se transformaba en ladrón, lo que le condujo a la horca. Se puede poner en duda la sensibilidad de la niñera, pero también agradecerle que conmocionara al niño lo suficiente como para que de adulto se inspirara en Brodie para crear a su célebre criatura bipolar.

La cosa no acaba aquí. El infante Stevenson se pasaba largas horas postrado en su cama mirando por la ventana un pequeño trozo de tierra con vegetación y rodeado por un lago artificial, corazón del parque privado del vecindario. Qué bonito pensar también que esa imagen era una botella llegada del futuro conteniendo la idea que inspiraría La isla del tesoro. Lo cual me trae a la memoria esta sensacional frase que encontramos hacia el final de El nombre de Laura (Alfaguara) de Benjamin Black: “Tuvo una intensa sensación de que todo cuanto había acontecido fue debido al destino, fue inevitable. Tal vez si uno estudiase algo, cualquier cosa, cualquier suceso, suficientemente a fondo, tal vez sería posible ver el futuro apiñado dentro, plegado, apretado, como el relleno elástico, enmarañado y apretado, de una pelota de golf”.