Los últimos relatos protagonizados por Sherlock Holmes vieron la luz en 1927, si bien habían sido escritos con bastante antelación. Faltaban tres años para que abandonara este mundo el espiritista Arthur Conan Doyle, otro que, como Robert Louis Stevenson, “traicionó” sus orígenes escoceses situando a su sabueso en Londres. Como si la sombra del maestro fuera demasiado alargada, su retirada más o menos coincidió con el arranque de la denominada Edad de Oro de la ficción detectivesca en Gran Bretaña, que queda enmarcada por el final de la Primera Guerra Mundial y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. En este periodo brota una cosecha dorada en la que sobresalen nombres como los de Freeman Williams Crofts, Margery Allingham, Ngaio Marsh o John Dickson Carr. Al otro lado del Atlántico se les suman Ellery Queen, Philo Vance y S.S. Van Dine, entre muchos otros. Todos coinciden en reunir éxito comercial, propulsar la claridad literaria del género y estrujarse el cerebro en busca de variantes y giros que sorprendan al lector. La innovación, sin embargo, recae por entero en la búsqueda de nuevas fórmulas argumentales, ya que el investigador está marcadamente codificado por el modelo bautismal que supone Arsène Lupin. Las sobrehumanas dotes deductivas e inductivas patentadas por el “chevalier” creado por Edgar Allan Poe continúan haciendo fortuna. El tejido cerebral del detective es el canal y es el mensaje.
Donde sí hay que reconocerle el mérito a Conan Doyle es en su capacidad de humanizar el prototipo excesivamente frío y perfecto sugerido por Poe –puro intelecto sin corazón, Lupin tiene algo de robot programado contra el crimen, un dandi antecesor de Robocop. ¿Cómo hacerlo? Proveyéndole de aficiones. El compinche de Watson reparte su ocio entre el boxeo, las artes marciales, la esgrima y el violín. A partir de él, los rasgos distintivos, manías y hobbies florecen entre sus colegas: Nero Wolfe cuida de sus orquídeas, el Padre Brown no sale de casa sin su paraguas, Lord Peter Wimsley depende de su monóculo y de sus libros antiguos, Max Carardos es invidente, Poirot es un fanático del orden y un presumido integral, el Anciano de la Baronesa Orczy no se deshace de sus nudos (valga la gracia)…
Pero en lo que de verdad Conan Doyle se mostró avanzado a su tiempo fue en entender que el detective del futuro, enfrentado a psicosis y paranoias de creciente complejidad derivadas de un mundo cada vez más enfermo, no podría escapar a adicciones de alto riesgo. Y así se avanzó (y superó en atrevimiento) a las hordas de escritores negros que desde los años 30 hasta hoy han abocado a sus personajes a machacarse el hígado enganchando a Sherlock Holmes a inyecciones de una solución de cocaína al 7%. En estos momentos de exacerbada corrección política, ¿aceptarían de buen grado la mayoría de los lectores un defensor de la paz y del orden con pinchazos en los brazos?
(ADVERTENCIA: Sólo leer en caso de haber visto ya la película de Scorsese. Dicho esto, el firmante no se responsabiliza de los “spoiler” en los que haya podido incurrir).
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(Barcelona, 1974). Es licenciado en Ciencias de la Información por la Universitat Autònoma de Barcelona. Cursó un doctorado en Literatura Comparada en la Universitat Pompeu Fabra y realizó prácticas en la revista "Quimera" y en el diario "La Vanguardia". Desde 1997 fue responsable de secciones de la revista "Qué Leer", donde además realiza entrevistas, escribe reportajes y ejerce la crítica literaria. Tiene un apartado de recomendaciones literarias en el Magazine de La Vanguardia y colabora con el suplemento "Cultura/s". Asimismo, es autor de diversos libros infantiles.