Arenas de la Despernada
Arenas, a tan sólo cuarenta kilómetros al noroeste de Madrid, no es más que un pueblo sobredimensionado a base de urbanizaciones, un gran charco de tranquilidad residencial. Cuando llegó el señor Palmer, a mediados de los setenta, Arenas todavía no era más que una calle y un par de proyectos de futuras urbanizaciones. Desde la gasolinera y el Open, la tienda del americano, el señor Palmer vio crecer el pueblo a medida que se construía una universidad privada, un parque acuático Aquatopia, que presumía de tener el tobogán más grande de toda Europa y tantos chalés adosados como lágrimas derramó la señora Palmer, que echaba tanto de menos Kansas, que casi parecía que ella y su marido hubieran emigrado a Oz y no a Europa.
Con ellos, vinieron sus familias. Más familias. El sector privado de la construcción no tardó en explotar el filón, construyendo urbanizaciones cada vez más alejadas del centro histórico del pueblo, que perdió toda su importancia. Como también lo hizo su nombre real: Arenas de la Despernada (nombre que todos los habitantes acortaban por comodidad, o quizá también para evitar la referencia a la mujer de la nobleza que, según la leyenda, había perdido ambas piernas durante la fundación del pueblo).
La población se aglutinó en chalés con jardín delantero y trasero, cuidadas vallas y pequeñas piscinas de originales formas.Nada que ver con aquel pueblo de la sierra que ya en 1909 o así daba cobijo a más de mim personas. La guerra civil pudo con él, hasta que la fábrica de relojes de los Canal, a quince kilómetros, había hecho que los primeros trabajadores se mudaran al pueblo en los años setenta. Las comunicaciones por carretera con Madrid aún eran demasiado incómodas como para atraer a más gente. Después mejoraron la A-6 y Arenas empezó a crecer. Eso y la decisión del alcalde de dar matrícula universitaria gratuita a aquellos niños que hubieran completado su ciclo escolar en el colegio del pueblo.
Arenas tenía una ciudadanía joven y familiar, formada por matrimonios con dinero que se trasladaron desde la gran ciudad para vivir en un lugar donde sus hijos podían empezar la guardería y licenciarse en la universidad sin necesidad de salir del pueblo. Unos niños que además vivirían una infancia feliz creciendo en Lago Arenas, otro símbolo local, o lanzándose por los toboganes del Aquatopia. Una ciudad residencial a la que no convenía ninguna maldición. O ya lo era.









