“Si los muertos no resucitan” novela ganadora del III Premio Internacional de Novela Negra RBA
Philip Kerr (Edimburgo, 1956) obtuvo con Si los muertos no resucitan (traducción del título original If the dead not rise) el III Premio Internacional de Novela Negra RBA y suma su nombre al de Francisco González Ledesma, ganador de la primera convocatoria en 2007 con Una novela de barrio , al de Andrea Camilleri, que obtuvo el premio en 2008 con La muerte de Amalia Sacerdote y al actual galardonado, Harlan Coben con Alta tensión.
El escritor escocés fue premiado con 125.000 euros, la mayor dotación económica destinada a un premio del género negro en todo el mundo. La novela, que el escritor presentó bajo el pseudónimo de Nicholas Dark, está protagonizada por el detective Bernie Gunther que ya consagró a Kerr como uno de los autores más destacados del género negro y criminal en la literatura contemporánea.
La corrupción de la Alemania nazi se traslada a la Cuba de Batista En Si los muertos no resucitan, Bernie Gunther regresa al origen: el Berlín previo a los Juegos Olímpicos de 1936. Un año después de haber abandonado la Polícía Criminal, Gunther trabaja en el Hotel Adlon donde investiga varios robos y la muerte de un cliente del hotel. La directora del establecimiento pide al detective que acompañe y proteja a su amiga Noreen Charalambides, una periodista que llega a Berlín para investigar la sospechosa declaración del presidente del Comité Olímpico americano, un constructor de Chicago que dice no notar ninguna discriminación contra los judíos en su visita a la ciudad. Pero es el Berlín de 1934 y tal y como explica Gunther, “sólo a un ciego podían haberle pasado desapercibidas las caricaturas, insultantes hasta la grosería, que aparecían en las portadas de los diarios más furiosamente nazis, las estrellas de David pintadas en los escaparates de las tiendas de dueños judíos, y los letreros de SÓLO ALEMANES en los parques públicos, para no hablar del miedo real en los ojos de cada judío de la Patria”. En el hotel, otro cliente, Max Reles, también de Chicago, advierte que le han robado una valiosa antigüedad, una cajita china… dos hilos de los que Noreen y Gunther tirarán para penetrar en el corazón mismo de la corrupción, que ya ha dejado también unas cuantas muertes tras de sí. Charalambides y Gunther se alían, fuera y dentro de la cama, y logran seguirle la pista a una trama de corrupción y crímenes que une a las altas esferas del nazismo con el crimen organizado estadounidense, representada por el empresario Max Reles, y que tiene como fin repartirse el botín olímpico. El chantaje, doble y calculado, les hará renunciar a destapar la miseria y los asesinatos, pero no al amor. Sin embargo, Noreen es obligada a volver a Estados Unidos, y Gunther ve cómo, otra vez, una mujer se pierde en las sombras. Guerra por el poder, influencias y contratos que, en 1954, reaparecen en la Cuba de Batista, con Fidel preso, poco antes de la Revolución. Han pasado veinte años y en La Habana reencontramos a Gunther, con otro nombre y otro pasaporte tras dejar la Argentina de Perón; Noreen, que huye de la caza de brujas del senador McCarthy, y Reles, el antiguo constructor y mafioso que consiguió con sobornos y asesinatos que Berlín fuera sede olímpica. Noreen, ahora convertida en una novelista de éxito, y Gunther se encuentran en una librería y buscan recuperar el tiempo perdido. Pero un fantasma nunca viaja solo. Max Reles también está en Cuba y reaparece como el prometido de la hija universitaria de Noreen. Esta vez será Reles, de quien sólo Gunther conoce su verdadero rostro asesino, quién morirá… En Cuba el autor nos muestra a un detective que, aunque nunca podrá renunciar a su naturaleza tan fieramente humana, no es el mismo: “Que haya luchado con las bestias de Efeso a la manera de los hombres, ¿de qué me sirve, si los muertos no resucitan?
Comamos y bebamos, que mañana moriremos”, escribe Kerr en la cita inicial con la que se abre esta novela. Ese es el estado de ánimo de Gunther, un tipo que se impone la duda como método, la hipocresía como barrera social, la violencia como subterfugio y que es capaz de amar desaforadamente a la vez que no duda en matar más allá de cualquier convención. Porque al fin y al cabo el trabajo de detective, de investigador privado, es, según Gunther, “la sensación de llevar la razón cuando todos los demás están equivocados”.
Philipp Kerr ambienta su novela en Berlín y La Habana, dos escenarios en los que traza paralelismos insoslayables –fin de Weimar y llegada de Hitler, ante el fin de Batista y la inminente revolución de Castro-. Gunther afirma que “Los dictadores del mañana suelen ser los combatientes de la libertad de hoy”. En Cuba ha habido las primeras intentonas de derrocar a Batista y el Ejército se ensaña contra cualquiera que, al igual que en Berlín de los años treinta, no se muestre ostensiblemente a favor del régimen.








